
La guerra vuelve a estremecer Oriente Medio y reaparece una idea tan recurrente como peligrosa: el Dios del islam es uno y el del judaísmo y el cristianismo es otro. Dos divinidades enfrentadas, dos civilizaciones supuestamente irreconciliables. Sin embargo, la historia revela que se trata de tradiciones hermanas que han interpretado de modo diverso un mismo misterio.
El Dios de Israel, nombrado como YHWH o Elohim, surge en el antiguo Cercano Oriente en diálogo con culturas como la de Ugarit. El cristianismo aparece en el siglo I d. C., con consignas radicales registradas en el Nuevo Testamento: amar al enemigo, rechazar la venganza, dignificar a mujeres, enfermos y extranjeros. Pero el cristianismo histórico no siempre vivió esa radicalidad fraterna. El islam surge en el siglo VII d. C., aproximadamente seis siglos después del cristianismo, y se entiende como continuidad de esa fe abrahámica. El Corán llama Allah a Dios (simplemente “el Dios”) y reconoce a Abraham, Moisés y Jesús como profetas. De hecho, le adjudica a Jesús actos milagrosos y lo describe como hijo virginal de una mujer admirable llamada Maryam (María).
En el seno de las tres tradiciones han existido, a lo largo de la historia, grupos extremistas que recurrieron a la violencia. Por eso encontramos en el Antiguo Testamento, el Corán o incluso el Nuevo Testamento pasajes que describen o enmarcan episodios violentos en contextos históricos específicos. Sin embargo, ello no significa que estas expresiones de fe promuevan el odio como principio doctrinal. En toda comunidad humana pueden surgir sectores violentos, independientemente de su filiación religiosa, origen étnico, género o color de piel.
Mujeres: cifras que interpelan
La situación de las mujeres es el termómetro moral decisivo. Ese dilema atraviesa también mi novela El caligrafista (Editorial ABYAD, 2024), en la que narro la historia real de un asesino en serie en la ciudad sagrada de Mashhad, Irán. Pero lejos de señalar solo la violencia en el islam, la obra pone en espejo esa misma violencia en sociedades que se proclaman cristianas. Comparto brevemente su sinopsis:
El profesor Freedman está a punto de revelar, en el Palacio de los Papas de Aviñón, la clave de un enigma que rodea desde hace 700 años a Margarita de Trento. Al mismo tiempo, una criminóloga iraní investiga asesinatos en la ciudad sagrada de Mashhad vinculados a un misterioso Corán, mientras en Madrid una papiróloga descifra antiguas tintas que podrían conectar todas las piezas.
Pero, más allá de la ficción, los datos empíricos confirman que el problema no es exclusivo de una cultura o religión: en América Latina, región mayoritariamente cristiana (alrededor del 90% se identifica culturalmente como cristiana, según Latinobarómetro y Pew Research), las cifras son alarmantes:
• Según la Cepal, al menos una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja en la región.
• América Latina y el Caribe registran algunas de las tasas más altas de femicidio del mundo: en varios países, la cifra se ubica entre uno y seis feminicidios por cada 100.000 mujeres anualmente.
• Datos de ONU Mujeres indican que aproximadamente 12 mujeres al día son asesinadas por razones de género en la región.
En Costa Rica, los datos oficiales confirman que el problema dista de ser marginal. El Observatorio de Violencia de Género del Poder Judicial reporta más de una decena anual de femicidios tipificados, con picos que superan los 30 casos al incluir otras categorías. La Universidad Nacional ha advertido de que la tasa de femicidios cometidos por parejas llegó a duplicarse en un periodo reciente. Además, Naciones Unidas señaló que entre el 2020 y finales del 2025 se registraron cerca de 180 femicidios en el país. Las cifras cuestionan con fuerza nuestra autoimagen de sociedad pacífica y mayoritariamente cristiana.
En Estados Unidos, país con fuerte identidad cristiana y donde movimientos nacionalistas contemporáneos han reivindicado valores religiosos tradicionales, el panorama tampoco es ejemplar:
• Según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), una de cada cuatro mujeres ha sufrido violencia física grave por parte de su pareja.
• La brecha salarial de género se mantiene en alrededor del 16-18%, según datos del U.S. Census Bureau.
Al criticar el patriarcado en contextos musulmanes, con más razón las sociedades mayoritariamente cristianas deben someterse a la misma exigencia ética. Una tradición que proclama el amor al prójimo y la dignidad radical de toda persona no puede eludir la autocrítica cuando sus estructuras sociales reproducen desigualdad o violencia.
Tres caras en conflicto
En 1779, Lessing publicó Nathan el sabio. Ambientada en la Jerusalén de las Cruzadas, la obra presenta el encuentro entre el judío Nathan, el sultán musulmán Saladino y un caballero templario cristiano en un contexto marcado por la desconfianza religiosa. En uno de los diálogos centrales, Saladino pregunta cuál es la religión verdadera. Nathan responde con la célebre parábola del anillo: un padre poseía un anillo capaz de hacer amable y justo a quien lo llevara; al tener tres hijos a quienes amaba por igual, mandó a fabricar dos copias idénticas y entregó un anillo a cada uno. Incapaces de demostrar cuál era el original, los hijos solo podrían probar su autenticidad viviendo de tal modo que el anillo mostrara su poder en obras de amor y justicia. Así, Lessing sugiere que la verdad religiosa no se impone por argumento ni por espada, sino que se verifica en la conducta ética. Esa es la clave.
Dios no puede contradecirse en violencia y compasión al mismo tiempo. La única prueba posible es ética: ¿produce paz? ¿Genera igualdad? ¿Defiende la dignidad de las mujeres y de los vulnerables? El veredicto, como en Lessing, no depende del nombre que pronunciemos, sino del amor que practiquemos.
jose@editorialabyad.com
Jose Chacón es escritor.