La noche de los faroles no es un evento de partido político. Es una de las pocas cosas que a los costarricenses todavía nos quedan sin dueño: un desfile de luz que camina en Cartago porque una comunidad entera decide caminar, no porque alguien la convoque y la gente llegue en autobús.
Por eso, lo ocurrido esta semana en Cartago no es una anécdota de seguridad ni un problema de logística. Es un símbolo invertido. Es la imagen de un gobierno que ya no distingue entre la fiesta del pueblo y la fiesta del poder, y que cuando tiene que elegir entre las dos, elige la segunda y humilla a la primera.
El relato, reconstruido a partir de videos que circulan entre vecinos y testimonios de cartaginenses que estuvieron ahí, es sencillo y, por eso mismo, indignante. Hubo perímetro, hubo vallas, hubo el aparato de seguridad de siempre. Y, aun así, los autobuses llegaron. No los autobuses espontáneos de una familia que viene de Paraíso o de La Unión a ver los faroles, como los ha visto siempre, sino flotillas organizadas que empujaron su paso hacia el frente mientras los propios cartaginenses –los dueños originales de esa calle, de esa tradición, de esa fecha– se quedaban afuera. Insultados. Corridos de su propio patio. Nadie recuerda, en la memoria reciente de esta celebración, un episodio así de violento contra la gente local.
Está grabado. No es una acusación en el aire: son los buses, filmados, descargando a personas que –según denunció alguien identificado con Pueblo Soberano, la base movilizada del oficialismo– habían recibido arroz con pollo a cambio de ocupar el lugar más cercano al escenario.
Arroz con pollo por cercanía. Clientelismo de plato servido, en el corazón de Cartago. Si la denuncia es cierta –y las imágenes invitan a tomarla en serio–, no estamos hablando de simpatizantes entusiastas. Estamos hablando de una operación pagada para ocupar simbólicamente un espacio que no le pertenece al gobierno y para desplazar físicamente a quienes sí tienen derecho a estar ahí.
Y en medio de esa multitud movilizada para el evento, los gritos de aclamación no eran para la presidenta. Eran para Rodrigo Chaves. Entretanto, Laura Fernández, la mujer que hoy ocupa la Presidencia, terminó la actividad a un costado. Para ese grupo, Chaves sigue siendo, al parecer, el dueño de la calle, del bus, del arroz con pollo y del cántico.
¿Qué piensa Fernández cuando eso pasa frente a ella? ¿Piensa algo? ¿Le molesta? ¿O ya asumió, como parece haberlo asumido buena parte de su gabinete, que su función es sonreír en el lugar correcto mientras otro sigue al mando?
Lo grave no es solo el maltrato a un grupo de vecinos que fueron a un festejo patrio y terminaron empujados fuera de su propia calle. Lo grave es lo que ese maltrato revela sobre la lógica del poder que hoy gobierna Costa Rica: todo espacio público puede ser tomado, cercado y redistribuido según el cálculo político de la Casa Presidencial.
Si pueden hacerlo con la noche de faroles, pueden hacerlo con cualquier plaza o fiesta patronal del país. La pregunta no es si Cartago se repondrá de esta noche –Cartago siempre se repone–, sino cuántas tradiciones más está dispuesto este gobierno a convertir en escenografía de campaña permanente.
Y hay algo particularmente cruel en elegir esta fecha, este acto, para desplegar la maquinaria clientelar con semejante descaro.
La noche de los faroles representa, para miles de costarricenses, uno de los pocos momentos del año en que el país se siente comunidad antes que electorado. Convertirlo en un ejercicio de logística partidaria, con buses pagados y arroz con pollo como moneda de entrada preferencial, no es solo un abuso de poder: es una forma de vaciar de sentido lo poco que nos queda de vida cívica compartida. Es, literalmente, apagar el farol para que solo brille la luz que el oficialismo decide encender.
Laura Fernández tiene, en teoría, la potestad de exigir que su propio gobierno respete a los cartaginenses en su propia tierra. Si no lo hace –si sigue de pie, sola, a un costado, viendo cómo la superan en su propio acto–, tendrá que responder, tarde o temprano, si gobierna o simplemente preside. Porque humillar a Cartago, en este país, nunca ha salido gratis.
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Ronny De Greef Acevedo es economista.