
La población de Costa Rica definida como creyente evangélica, lejos de disminuir, cada día ha ido aumentando de manera significativa, en todas las provincias de nuestro país.
Según estudios recientes de la UCR, las personas evangélicas representan un 20% del total de la población de Costa Rica.
Este dato relevante, en términos de fuerza electoral, ha llevado a los cristianos evangélicos a medir su fuerza en número de votos, con relativo éxito político-electoral.
Por eso, poco a poco, diversos partidos políticos evangélicos se han inscrito legalmente en el Tribunal Supremo (TSE), con el propósito de aspirar a la Presidencia de la República, y elegir diputados, alcaldes y regidores.
Sin embargo, con el tiempo, las motivaciones de justicia social y defensa de la fe de estos partidos confesionales desaparecieron y sus líderes, más actores políticos que otra cosa, pasaron de sus anhelos de fe, fraternidad, justicia y solidaridad cristiana, a privilegiar sus intereses personales con afanes de poder político, legislativo y municipal. Así ha venido sucediendo.
Si bien es cierto el voto evangélico carece de disciplina partidaria y son pocos los pastores que logran cohesionar su apoyo a favor de un candidato presidencial propio o de otro partido, esa fuerza electoral ha resultado significativa para alcanzar nombramientos en puestos de elección popular y de gobierno.
Por eso, algunos pastores y dirigentes evangélicos, alejándose de los principios y fundamentos éticos propios de un partido cristiano, han renunciado a la honestidad de sus valores políticos y negociaron formar parte de las papeletas del partido oficialista como candidatos a diputados a cambio del voto evangélico. Y, como sucede siempre: los líderes que negocian ocupan los puestos elegibles y los demás hermanos van en puestos de relleno.
En fin, parodiando las palabras del conocido humorista Gonzalo Rivas Novoa, estos pastores o líderes evangélicos metidos en el proceso electoral han hecho con su testimonio “el bien político muy mal, y el mal político muy bien”.
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Carlos Araya Guillén fue el diputado evangélico (1986 - 1990) por la Unidad Social Cristiana (PUSC)