
Hace poco tuve una conversación muy estimulante con el decano de Medicina de la universidad donde me formé como médico. Hablamos sobre ética médica, pero no como una materia histórica que se enseña en los primeros años de la carrera y luego queda archivada. Hablamos de ética como una competencia viva, urgente y profundamente necesaria para los médicos que hoy se están formando y que ejercerán en un mundo muy distinto al que conocimos quienes estudiamos Medicina hace varias décadas.
Salí de esa conversación con una preocupación clara: la ética médica que enseñamos sigue siendo indispensable, pero probablemente ya no es suficiente. Formamos a los estudiantes en confidencialidad, consentimiento informado, autonomía, beneficencia, no maleficencia, justicia, relación médico-paciente y conflictos de interés. Todo eso sigue siendo el corazón moral de la medicina.
El problema es que una parte creciente de la práctica médica ya no ocurre solamente dentro del consultorio, el hospital o el expediente clínico. También ocurre en redes sociales, en plataformas digitales, en videos breves, en audiencias masivas y en algoritmos que premian la exposición, la simplificación, la emocionalidad y la viralidad.
Recuerdo que, cuando cursé Ética Médica, el profesor nos decía que el médico ocupa una posición distinta en la comunidad, porque su reputación pública afecta directamente la confianza clínica. Si, durante el servicio social obligatorio, un médico llegaba a un pueblo y se dedicaba a “enfiestarse”, quizá la gente diría que era muy simpático, pero difícilmente querría ponerse en manos de alguien por quien no sintiera respeto. La idea encerraba una verdad profunda: en medicina, la conducta pública también comunica competencia, prudencia y confiabilidad.
He trabajado durante años en la intersección entre medicina, mercadeo, estrategia y gestión de salud, y por eso no rechazo el mercadeo médico. Al contrario: creo en el mercadeo médico bien hecho, ético, estratégico y orientado a construir confianza. También sé que innovar en salud implica tensiones reales, porque modernizar la comunicación médica exige encontrar un equilibrio delicado entre acercarse mejor a los pacientes y preservar los límites que protegen la dignidad de la profesión.
Precisamente, por eso me preocupa lo que estamos viendo. El debate superficial sería preguntarnos si un médico debe estar o no en redes sociales, si debe bailar, hacer videos humorísticos o utilizar formatos más cercanos para comunicar. Pero ese no es el verdadero problema.
No hay nada malo en que un médico construya influencia a partir de empatía, conocimiento, claridad, cercanía y consejos responsables. De hecho, la medicina necesita médicos capaces de comunicar mejor, traducir ciencia sin empobrecerla y ocupar espacios digitales que hoy muchas veces están dominados por desinformación, pseudociencia o mensajes comerciales disfrazados de educación.
El problema aparece cuando el médico deja de ser el dueño ético de su propia comunicación y se convierte en un insumo más dentro de una estrategia digital diseñada por terceros cuyo principal objetivo no es cuidar la dignidad de la profesión, sino vender alcance, interacción y visibilidad.
Ahí es donde se necesita mucho criterio. Porque una cosa es que un médico decida, con plena conciencia profesional, comunicar de manera humana y moderna, y otra muy distinta es que agencias digitales, consultores improvisados o supuestos “expertos en médicos” lo empujen a convertirse en un personaje banal, comparativo, gracioso o caricaturizado para generar interacciones rápidas.
Ese punto me parece especialmente delicado. Muchos médicos no fueron formados para evaluar críticamente las métricas digitales que hoy se les presentan como prueba de éxito. Pueden saber interpretar un estudio clínico, un biomarcador o una evolución compleja, pero no necesariamente saben distinguir si una campaña digital está construyendo reputación, generando ruido vacío o incluso erosionando su autoridad profesional. Y ese desconocimiento crea una asimetría peligrosa: la agencia siempre podrá decirle al médico que la estrategia “funcionó”, aunque las métricas sean superficiales, irrelevantes o desconectadas de un verdadero objetivo profesional.
No toda visibilidad es buena visibilidad. No todo alcance construye confianza. No toda interacción representa prestigio. No todo seguidor se convierte en paciente adecuado. En salud, una métrica digital puede parecer exitosa en una presentación comercial y, al mismo tiempo, ser éticamente pobre, estratégicamente vacía o profesionalmente dañina.
Aquí está, a mi juicio, uno de los grandes vacíos de la formación médica contemporánea. No hemos enseñado lo suficiente a los médicos a proteger su identidad profesional en un ecosistema donde otros pueden monetizar su imagen, su autoridad y su credibilidad. No hemos enseñado a distinguir entre educación médica y publicidad encubierta, entre cercanía y banalización, entre marca personal y espectáculo, entre comunicación estratégica y simple búsqueda de atención. Tampoco hemos enseñado a cuestionar a quienes llegan prometiendo crecimiento digital sin entender que la confianza médica no se administra igual que una marca de consumo masivo.
Y este problema no se limita a las redes sociales. También aparece cuando la lógica comercial se adelanta a la prudencia clínica. Hoy proliferan ofertas aceleradas de formación, promesas de competencia profesional construidas en pocos meses y procedimientos estéticos o invasivos promovidos como si bastara una credencial rápida para asumir responsabilidades que requieren entrenamiento serio, supervisión adecuada, criterio clínico y límites claros.
El problema no es que un médico quiera ampliar sus competencias ni que la medicina evolucione; el problema es cuando la falta de ética permite que la impericia se disfrace de oportunidad profesional e invada terrenos que exigen mayor preparación, responsabilidad y respeto por la seguridad del paciente.
Un médico en redes sociales no es simplemente un usuario más. Su palabra tiene un peso distinto porque existe una asimetría de autoridad. Cuando un médico recomienda, orienta, simplifica, exagera, dramatiza o promete, puede influir en decisiones reales de pacientes reales. Puede educar, pero también puede confundir. Puede acercar conocimiento, pero también puede banalizarlo. Puede combatir desinformación, pero también puede contribuir a ella si subordina el rigor al alcance. Puede humanizar la medicina, pero también puede convertirla en espectáculo si no reconoce dónde está la línea.
No se trata de defender una medicina rígida, solemne o incapaz de comunicarse con las nuevas generaciones. Eso sería un error. La medicina necesita médicos que comuniquen mejor, que sean cercanos, humanos, empáticos y capaces de participar en la conversación pública. Pero comunicar mejor no significa entregar la dignidad profesional a cualquier fórmula digital de moda. Ser cercano no exige volverse superficial. Ser visible no debería implicar permitir que terceros conviertan la autoridad médica en una herramienta de rentabilidad rápida.
Por eso, creo que las escuelas de Medicina tienen hoy una responsabilidad nueva. No basta con enseñar bioética como si el entorno profesional no hubiera cambiado, ni repetir códigos escritos para un mundo predigital. Necesitamos formar médicos capaces de ejercer con criterio en espacios públicos, digitales, comerciales y algorítmicos. Necesitamos enseñar ética de la comunicación médica, ética del contenido en salud, ética de la influencia profesional, ética de la marca personal, ética frente a la monetización de la confianza y, muy especialmente, capacidad crítica para evaluar a quienes ofrecen manejar la imagen digital del médico sin comprender la responsabilidad moral que esa imagen representa.
La medicina del futuro no se jugará únicamente en hospitales, clínicas, laboratorios y sistemas de salud. También se jugará en pantallas. Y si las facultades de Medicina no enseñan a los futuros médicos a actuar con criterio en ese entorno, el algoritmo terminará educándolos por nosotros. Peor aún: los educarán quienes descubrieron que la autoridad médica puede convertirse en un producto rentable si se envuelve en las métricas correctas.
La pregunta no es si los médicos deben estar en redes sociales. Eso ya está ocurriendo y seguirá ocurriendo. La verdadera pregunta es si estamos preparando médicos para proteger su brújula ética, su reputación y la dignidad de su profesión cuando entren en ellas.
Porque quizá el riesgo más peligroso no sea la presencia del médico en redes sociales, sino que terminemos normalizando la repetición sin criterio como si fuera estrategia, la visibilidad vacía como si fuera autoridad y el formato antes que el conocimiento médico. Si dejamos que eso ocurra, la medicina no solo habrá perdido control sobre su comunicación pública; habrá permitido que otros definan qué vale más: si el criterio clínico, la experiencia y la responsabilidad profesional, o la capacidad de repetir contenido hasta que el algoritmo lo premie.
m.guadamuz.gonzalez@accenture.com
Mauricio Guadamuz es médico, especialista en dirección de empresas y autor de la novela de ciencia ficción ‘Mundo de Sueños Cuánticos’.