
Alpha School es una propuesta educativa nacida en Texas, fundada por los empresarios McKenzie Price y Brian Holtz. Impulsada por la inteligencia artificial (IA), esta red de escuelas privadas sostiene que los niños pueden aprender en la mitad del tiempo, sin tareas y con horarios que les dejan las tardes libres para el arte, el deporte o la vida familiar.
Su modelo contempla jornadas académicas reducidas, aprendizaje casi íntegramente a través de tablets y computadoras, ausencia de calificaciones tradicionales y una fuerte insistencia en que cada estudiante desarrolle sus propios intereses. Asimismo, incorpora sistemas que registran clics, tiempo en pantalla, movimientos del mouse o dirección de la mirada. Con este nivel de supervisión, la escuela puede transformarse en un entorno de monitorización constante e hipervigilancia educativa.
Mediante un software adaptativo, los alumnos dedican dos horas diarias a matemática, lectura o ciencias. El resto de la jornada se destina a proyectos, habilidades sociales, oratoria o actividades físicas. Los estudiantes no avanzan de curso por edad, sino una vez que se comprueba que poseen los conocimientos necesarios. Además, ganan puntos por buen comportamiento y rendimiento académico, que luego pueden canjear por juguetes o experiencias. ¿Son estos los incentivos pedagógicos adecuados?
A algunas familias les inquieta que, ante un eventual cambio de ciudad, los alumnos que se incorporen a instituciones más convencionales enfrenten dificultades de adaptación. Se ha señalado que algunos apenas saben escribir a mano, dependen del corrector automático para la ortografía y tienen problemas para ajustarse a la estructura ordinaria de una jornada escolar. También pueden experimentar dificultades para permanecer sentados por periodos prolongados o seguir instrucciones comunes para todo un grupo.
Este modelo educativo invita a reflexionar sobre cómo se adquieren y desarrollan conocimientos, habilidades y actitudes. Trae a mi mente la perspectiva de Philippe Aghion, Premio Nobel de Economía 2025: en la escuela, aprendemos a aprender.
Muchos pedagogos insisten en que el valor de una tarea escolar no reside únicamente en el producto final, sino también en el proceso. La frustración de equivocarse, el esfuerzo de ordenar ideas y la paciencia necesaria para comprender un texto o redactar un escrito forman parte del aprendizaje. Existe un proceso cognitivo previo al resultado que también es fundamental.
Desde esta perspectiva, la obsesión por medir el progreso puede convertirse en un elemento contraproducente. El alumno corre el riesgo de dejar de ser el centro de la educación para convertirse en un dato. Algunos expertos advierten de que, en una cultura educativa marcada por la ansiedad académica, los estudiantes que carecen de habilidades básicas, como la comprensión lectora, pueden llegar a experimentar angustia y tensión relacionadas con su aprendizaje.
Dicen que para resolver un problema, primero hay que saber plantearlo. Confundir una herramienta con un modelo educativo puede ser uno de ellos. El filósofo y pedagogo español Gregorio Luri, en su reciente libro Pedagogismo, enumera una serie de palabras que han desaparecido del vocabulario educativo: voluntad, hábito, mérito, disciplina, memoria, esfuerzo, excelencia, responsabilidad, silencio, paciencia y carácter. Se trata de conceptos que remiten a una determinada concepción de la educación como formación integral de la persona, y no solo como un acompañamiento técnico o emocional.
Cada vez más centros educativos apuestan por recuperar metodologías pedagógicas más tradicionales y fortalecer las materias clásicas. La educación debe procurar un desarrollo integral que abarque no solo lo académico, sino también lo emocional, ético y cívico. Debe contribuir a la formación del carácter y a la consolidación de convicciones que permitan tomar decisiones de manera libre y responsable.
Pienso que aprender a aprender es también aprender a madurar, y no se madura con un clic ni presionando un botón. Madurar implica aprender a manejar las emociones, asumir las consecuencias de los propios actos y construir una vida con pensamiento propio y sentido crítico.
Nadie construye su madurez en solitario. Los seres humanos aprendemos juntos. La tecnología es una herramienta valiosa e interesante, pero no un modelo educativo.
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Helena Fonseca Ospina es administradora de negocios.
