
En el siglo XVIII ocurrió una de las grandes revoluciones silenciosas de la historia: la lectura se democratizó. Los libros, panfletos y periódicos se multiplicaron, y con ellos se masificó una forma de pensar. Escribir y leer obligan a clasificar, deducir y razonar.
Leer no era solo “acceder” a información: era entrenar una mente capaz de seguir un argumento, distinguir matices, construir inferencias y sostener una línea de razonamiento. Esa disciplina mental, forjada página a página, ayudó a levantar los andamios de la modernidad: ciencia, debate público, instituciones, derechos y crítica.
La inteligencia tercerizada
Hoy presenciamos una contrarrevolución. Neil Postman –el gran teórico de los medios de comunicación– ya lo presagiaba en 1985 al estudiar un encuentro entre los dos grandes autores distópicos del siglo XX, George Orwell (autor de la novela 1984) y Aldous Huxley (autor de Un mundo feliz). El temor de Orwell era que alguien llegara a prohibir los libros. Huxley temía que en el futuro no haría falta prohibir los libros, pues no habría nadie que quisiera leerlos.
Para James Marriott –un reconocido ensayista británico–, vivimos el amanecer de una “sociedad poslectora”, con universidades que reciben cohortes incapaces de atravesar textos largos, vocabularios empobrecidos y la lectura por mero placer en caída libre. Si la cultura impresa ordenaba el pensamiento, la cultura del scroll lo interrumpe.
El problema no es tener información, sino cómo la mente se adapta cuando sabe que no necesita recordar. En 2011, tres científicos con nombres de superhéroes –Sparrow, Liu y Wegner– publicaron en Science un estudio revelador, en el que demuestran que cuando creemos que podremos buscar algo luego, recordamos menos.
Delegamos memoria. Y esa delegación no es inocua: cuando la memoria se terceriza, la comprensión se vuelve perezosa. Surge una ilusión de dominio –“sé, porque lo puedo encontrar”– que confunde el acceso rápido con la comprensión profunda, algo que sería conocido como el “efecto Google”.
El fin del ascenso
Maryanne Wolf ha advertido de otro giro de fondo: la lectura en pantallas, rápida e interrumpida, altera la profundidad. Si el hábito dominante es leer a saltos, picotear y abandonar, el cerebro se entrena para lo discontinuo, y luego sostener una idea compleja se vuelve un esfuerzo excesivo.
Ophir, Nass y Wagner, al estudiar la multitarea, muestran que la atención dispersa sabotea el razonamiento sostenido. Así, muchas pestañas abiertas no son signo de potencia intelectual, sino un síntoma de una mente secuestrada por estímulos.
Durante décadas, los tests de razonamiento abstracto mostraron que cada generación parecía más capaz que la anterior. Era el efecto Flynn, documentado por el pensador neozelandés James R. Flynn: un ascenso global en los puntajes de las pruebas de coeficiente intelectual (CI) durante el siglo XX.
Pero desde inicios del siglo XXI, en países como Estados Unidos, Noruega, Finlandia, Dinamarca y el Reino Unido, esa curva ascendente se ha quebrado y los jóvenes han empezado a mostrar caídas preocupantes en pruebas que exigen razonamiento abstracto.
Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg, dos investigadores noruegos de nombres imposibles pero hallazgos certeros, lo atribuyen, entre otros factores, a transformaciones educativas, vidas más digitalizadas y sedentarias, y un alarmante desuso cotidiano del pensamiento complejo.
Pensar es resistir
Y aquí está el punto más delicado. La política seria no depende solo de votar; depende de ciudadanos capaces de comprender discusiones largas, contrastar argumentos, detectar falacias y tolerar la ambigüedad. Si esto se pierde, el debate público se desliza hacia estilos persuasivos que no requieren evidencia; solo emoción, carisma, indignación y espectáculo.
Pensar exige pausa, duda e incomodidad: no saber de inmediato. En una era que idolatra el atajo, leer –de verdad– es una forma de resistencia cognitiva. No por romanticismo, sino por supervivencia cultural.
Si queremos un porvenir digno de ser soñado, necesitamos volver a entrenar la memoria, la atención profunda, la imaginación y el pensamiento complejo.
La pregunta ya no es si tenemos acceso a la información. Es si todavía conservamos una mente capaz de convertirla en juicio.
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Enrique Margery Bertoglia es educador extremo.