1 enero, 2017

¿Hacia dónde vamos? Esa pregunta inaugura, universal, el nuevo año que comienza. En todas las mentes, lo único claro es no saberlo. La democracia tiene sombras tenebrosas. Sería ilusorio negarlo. Cualquier fundamentalismo es torpe frente a la evidencia del dominio de los grises pardo. Nos aturde la incapacidad popular de distinguir entre lo bueno, lo malo y lo peor. ¿A quién no aterra la pasmosa facilidad con que se dejan manipular las masas? Y aflige, aún más, el descaro impune con el que se vira cínicamente de curso, segundos después de la seducción en las urnas.

Julio Rodríguez solía decir irónico, perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus (Eclesiastés 1,15). Tenía razón. El Trump candidato escarnecía a Wall Street y, con la misma desfachatez, designó después a sus billonarios como jerarcas de su futura plutocracia. Y eso no dice todo. Para “atender” la indignación de los “perdedores” de la globalización, premió a sus “ganadores”.

Los pondrá a la cabeza de la cadena de mando del desgobierno de lo políticamente incorrecto: un antiglobalización, en comercio; una promotora de privatización educativa, en educación; uno que repudia el cambio climático, en protección ambiental; y, para frenar a Rusia, a un galardonado por Putín, en política exterior.

Cuatro o cinco miembros de ese club de políticos neófitos, pero billonarios, suman más riqueza que el PIB de Irlanda. Los derivados financieros, que Warren Buffett llamó “armas financieras de destrucción masiva”, responsables de la crisis del 2008, nacieron para servir a Exxon-Mobil, la compañía de Rex Tillerson, nominado secretario de Estado.

Fueron creados, por J. P. Morgan, en 1994, a raíz del naufragio del tanquero Exxon-Valdés, catástrofe ambiental de amarga memoria.

Sombra gris. La sombra gris de la credulidad democrática se apresta este año a mostrarse de nuevo en Francia, Alemania, Holanda e Italia, donde en el 2017 habrá consultas populares. Los demagogos se frotan las manos con el gustillo que les da la falsificación y el engaño distribuido en tuits.

Hasta aquí, un triste personaje criollo se inspira en Trump para ganar votos incitando al odio foráneo.

Esas elecciones vienen con un suspenso que espanta, dado el inocente candor de la simpleza popular, que ni siquiera lee los espacios de opinión, pero da fe, a pie juntillas, de cualquier babosada que tenga el sello de veracidad para dummies que otorgan las redes sociales.

No se sabe si sería peor una victoria de Wilders, en Holanda, de Le Pen, en Francia, o de Bepe Grillo, en Italia. Cualquiera significaría descalabro. Nuevo brexit en Holanda, salida del euro en Francia e Italia.

Ese complejo trance llega en el peor momento porque pone a Europa a la defensiva precisamente cuando el mundo necesitaría algún punto de apoyo firme para los más preciados valores de la civilización occidental.

China podrá ser un relevo en liderazgo del comercio, pero no puede llenar el vacío ético de políticas públicas sociales, ambientales y de derechos humanos amenazadas de retroceso en todos los terrenos.

De hecho, China descansa aliviada al alejarse los Estados Unidos del liderazgo regional del Pacífico, sabiendo, además, como le consta, que responde como la más importante fuente de las ganancias de Wall Street y los ministros socios de Trump.

Péndulo estacionado. El péndulo de la historia se encuentra desconcertado. Está totalmente atascado en un centro irrelevante, cuando las viejas dicotomías entre izquierda y derecha ya perdieron sentido.

La socialdemocracia es la primera víctima de su propio éxito porque la derecha asimiló como propias tantas banderas de la izquierda que quedó borrosa la línea divisoria entre las corrientes políticas tradicionales.

Tanto es así, que derecha e izquierda forman gobiernos de coalición, sin que se noten las diferencias en Alemania, Holanda y, hasta se podría decir, Italia.

Al sur de los Alpes, la izquierda mediterránea abandera la antiglobalización, en tanto que al norte lo hace la derecha. Se hermanan así los populismos, por encima de los parentescos ideológicos, en el nuevo movimiento del péndulo de la historia, entre sociedades cerradas o abiertas.

Los aires electorales también tocan a rebato en nuestro suelo tico desconcertado que tendrá que escoger entre lo viejo y lo más viejo, eso sí, ofrecidos por tuits como coca-colas.

Vuelta a las raíces. Aquí, la división social del referendo fue el primer presagio premonitorio, 10 años antes, de la crisis de la apertura. Con mucha más razón debimos haber estado preparados para la hora actual. Pero la clase política no entendió lo que de ella se esperaba y quedó bambaleándose entre disyuntivas disfuncionales, con un Estado esclerótico y un aparato productivo desarticulado y obsoleto.

El PAC, donde se depositaron tantas esperanzas, debió ser el primero en entender lo que se esperaba de él. Pero no lo hizo, y termina su primer gobierno agotado y con senilidad prematura. Fue más de lo mismo y ni siquiera mejor. Lo salva una vicepresidenta de lujo.

Las otras corrientes se concentran en “volver a sus raíces”, en vez de mirar hacia adelante, sin comprender que esas raíces, convertidas ya en instituciones, necesitan más bien librarse de la carga burocrática que les legó la ideología.

En todas partes, 2017 se anuncia agitado. Los aires del mundo auguran tempestades. Oriente Medio, en guerras indescifrables; Corea del Norte, amenazante; Turquía, a la ofensiva autocrática y con la llave de millones de emigrantes. Los países bastiones europeos están a la espera angustiante de vientos aciagos. Y, en todos los azimuts, un Trump, impredecible todavía, proyecta el espectro de una coprocracia que amenaza al mundo.

Se nos recomienda prepararnos y no tenemos ni cómo, ni con quién. En la siguiente fiesta electoral, la promesa del día volverá a ser el cambio.

No cruzamos todavía ese Rubicón, pero estamos entrando desarmados a la era de la incertidumbre. “Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste”.

La autora es catedrática de la UNED.