
La Ilustración nació de una apuesta audaz: el ser humano debía atreverse a pensar por sí mismo. Sapere aude, escribió Kant. Atrévete a usar tu razón. De esa convicción surgieron la educación pública, la ciencia moderna, el Estado de derecho y la idea de ciudadanía responsable.
Hoy no asistimos a su derrota violenta, sino a algo más inquietante: su abandono voluntario.
Vivimos una era de des-ilustración, no por falta de información, sino por una renuncia creciente al esfuerzo intelectual. Nunca hubo tantos datos disponibles ni tantas herramientas para comprender el mundo. Y, sin embargo, nunca fue tan escasa la disposición a hacerlo.
Como ha señalado Inger Enkvist, el problema central no es la ignorancia, sino la desconexión deliberada de la realidad. No se trata de incapacidad, sino de desinterés. Se evita el contraste de ideas, se rehúye la complejidad y se sustituye el mundo por la propia actitud frente a él. La conversación deja de ser un espacio de aprendizaje y se convierte en un escenario para afirmarse a uno mismo.
Byung Chul Han ha descrito esta mutación con precisión. Pasamos de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento, y de ahí a una sociedad fatigada, saturada de estímulos y empobrecida en pensamiento. Todo debe ser inmediato, emocional y simple. La complejidad cansa. La duda molesta. El silencio incomoda.
La lectura profunda retrocede. El texto largo pierde terreno frente al video breve. El argumento es desplazado por la consigna y la opinión suplanta al conocimiento. No estamos ante una carencia de información, sino ante una desconexión activa del esfuerzo de comprender.
En educación, las consecuencias son profundas.
Se confunde inclusión con renuncia a la exigencia. Se protege al agresor bajo la etiqueta del pobrecito. Se baja el nivel para no incomodar. Se eliminan criterios, evaluaciones y consecuencias en nombre de una empatía mal entendida, mientras los estudiantes esforzados aprenden una lección peligrosa: pensar demasiado no vale la pena.
Elias Canetti advirtió de que la masa ofrece un alivio poderoso: en ella desaparecen la culpa, el juicio y la responsabilidad individual. Hoy, esa lógica opera en el aula, en las redes y en la política. Pensar por cuenta propia es incómodo. Pensar con la masa tranquiliza.
La des-ilustración no se impone desde arriba. Se filtra por la cultura cotidiana. Por la pantalla que sustituye al libro. Por el scroll infinito que reemplaza la atención sostenida. Por la idea de que todo debe ser fácil, rápido y sin fricción.
Y es aquí donde aparece la inteligencia artificial (IA).
La IA es una herramienta extraordinaria. Puede ampliar el conocimiento, personalizar el aprendizaje, acelerar la investigación científica y democratizar el acceso a información compleja. En manos de educadores rigurosos y estudiantes curiosos, puede ser una aliada formidable.
Pero en manos de mentes poco dispuestas al esfuerzo, se convierte en un amplificador de la des-ilustración.
La inteligencia artificial no piensa por nosotros. Responde. El problema surge cuando crece la disposición a delegar el acto de pensar. La IA no crea ignorancia, pero puede disimularla. No reemplaza el criterio, pero puede ocultar su ausencia.
Cuando la lectura ya era débil, el resumen automático se vuelve norma.
Cuando el criterio ya estaba erosionado, el algoritmo decide. Cuando la exigencia ya había desaparecido, la herramienta ocupa su lugar.
Spinoza lo advirtió con crudeza: los pueblos no solo soportan la servidumbre, la desean. Hoy esa servidumbre no adopta la forma de cadenas, sino de comodidad cognitiva. Pensar cansa. Leer toma tiempo. Dudar incomoda. El algoritmo promete alivio.
La pregunta no es si la inteligencia artificial es peligrosa. La pregunta es qué tipo de ciudadanos estamos formando para usarla.
Una sociedad ilustrada convierte la tecnología en herramienta. Una sociedad des-ilustrada la convierte en sustituto del pensamiento.
Y cuando eso ocurre, no solo se empobrece la educación. Se debilita la democracia, se trivializa el debate público y se abren las puertas a soluciones simples para problemas complejos.
En tiempos de campañas políticas definidas por el meme, el grito, la amenaza y la discusión trivial sin ideas, es necesario que los ciudadanos responsables puedan ejercer su voto de forma informada y madura.
El problema son los miles y miles de votantes que acuden a las urnas por la inercia de las redes sociales, por la desinformación y el ruido.
La Ilustración no murió. Pero está siendo abandonada. Y, como toda conquista humana, si no se defiende, se pierde.
Rafael Mora Goñi es educador.