Emmanuel Lévinas señaló que la ética no nace de las leyes de la sociedad ni de los cálculos de la razón, sino de este encuentro cara a cara con otra persona. Una de las paradojas de nuestro tiempo es, quizá, que nunca habíamos estado tan visibles y expuestos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan sencillo borrar el rostro del otro.
Detrás de una pantalla, podemos convertir a una persona en un usuario, una opinión o un enemigo. Cuando el otro es construido como una amenaza o como alguien que “merece” determinado trato, se produce una transformación moral. La violencia comienza allí donde el otro se convierte en una categoría, una representación abstracta sobre la cual proyectamos nuestra indignación.
Y cuando el rostro desaparece, también desaparece el límite que imponen la empatía y la razón. La palabra se vuelve más violenta; el insulto, más fácil y la deshumanización, más tolerable.
En su expresión más extrema, esta lógica puede llegar incluso a la apología de la violencia. Cuando hemos convencido a una multitud de que el otro no merece nuestra consideración o respeto, la violencia contra él puede comenzar a presentarse como algo justificable, necesario y hasta merecido.
El problema, entonces, no consiste en que una sociedad critique, denuncie o exija responsabilidades. Una democracia necesita precisamente de esas capacidades. Lo problemático aparece cuando dejamos de juzgar actos para condenar a personas, cuando la responsabilidad se convierte en humillación, cuando la indignación sustituye al pensamiento y cuando la justicia comienza a confundirse con el castigo colectivo.
Una sociedad que aprende a deshumanizar al otro para sentirse moralmente superior corre el riesgo de olvidar que la humanidad que protege también depende de la humanidad que reconoce en los demás. Se nos olvida, además, que todos estamos expuestos al mismo escrutinio moral y que, ante cualquier resbalón desafortunado, puede caer sobre nosotros el mismo balde de odio como agua helada.

Resulta válido cuestionarse de dónde proviene tanta crueldad y aberración hacia aquel otro sin rostro. Probablemente se origina en la inseguridad económica, la desigualdad, la polarización política, la pérdida de confianza en las instituciones y la sensación de que las decisiones que determinan nuestra vida cotidiana escapan cada vez más a nuestro control.
Esto produce una experiencia particularmente difícil de soportar: no sabemos exactamente contra quién dirigir nuestro descontento ni dónde encontrar las causas de aquello que nos afecta.
Las estructuras sociales, económicas y políticas son difíciles de visualizar de manera tangible. No tienen un rostro único. Son fenómenos complejos, producidos por múltiples factores y decisiones acumuladas durante años.
Interpelarlas exige información, reflexión y, sobre todo, la capacidad de tolerar respuestas que no son simples. Las posibles respuestas exigen preguntarse por relaciones de poder, modelos económicos, decisiones institucionales, responsabilidades compartidas y procesos históricos.
El problema es que el malestar humano rara vez se experimenta de manera tan abstracta. El otro, en cambio, sí tiene un rostro. Tiene un nombre, una cuenta de Instagram, una opinión y una identidad que puede ser reducida a unas pocas palabras.
Puede convertirse, con extraordinaria facilidad, en el personaje que explica nuestra frustración. Allí donde existe una estructura difícil de comprender, podemos encontrar un individuo a quien culpar. Allí donde hay un problema complejo, podemos construir un enemigo sencillo.
Esta transformación tiene una enorme potencia psicológica. Culpar a una persona o a un grupo ofrece una sensación inmediata de comprensión y, en cierta medida, de control. Si el problema tiene un responsable identificable, entonces parece posible imaginar también una solución: expulsarlo, silenciarlo, castigarlo o convertirlo en objeto de indignación colectiva.
La complejidad produce incertidumbre; en cambio, el enemigo produce certeza. La primera obliga a pensar; el segundo permite reaccionar.
Así, podemos terminar discutiendo interminablemente sobre una persona sin preguntarnos por las condiciones que hicieron posible aquello que criticamos. Nos indignamos con quien ocupa un determinado lugar, pero no necesariamente examinamos las instituciones que producen ese lugar. Señalamos al individuo que expresa una determinada conducta, pero no siempre interrogamos las condiciones sociales que la hicieron posible.
El resultado es una paradoja: cuanto más concentramos nuestra atención en el culpable visible, menos espacio queda para comprender el problema invisible.
En este sentido, Hannah Arendt ya apuntaba que las masas pueden ser terreno fértil para movimientos políticos que ofrecen explicaciones simples frente a situaciones de desorientación, frustración y crisis.
La violencia colectiva no siempre necesita fanáticos. Basta con personas que suspendan temporalmente su capacidad de juzgar por sí mismas y se dejen llevar por respuestas que, a simple vista, las satisfagan.
Esto no significa que las personas no deban asumir responsabilidad por sus actos. Tampoco significa que toda crítica individual sea injustificada. Hay conductas que deben ser denunciadas, responsabilidades que deben establecerse y daños que deben ser reparados.
La cuestión radica, más bien, en preguntarnos cuándo la atribución legítima de responsabilidad comienza a transformarse en una necesidad de encontrar un enemigo, un juicio y un castigo anticipados.
Porque, quizá, una de las funciones más peligrosas de la cultura de la cancelación sea precisamente esa: ofrecernos la comodidad de un chivo expiatorio cuando la realidad exige comprender una estructura.
Nos permite sentir que estamos haciendo algo frente a nuestro malestar y nos brinda un alivio moral, aunque aquello contra lo que dirigimos nuestra indignación sea solamente el rostro más visible de un problema mucho mayor.
El otro se convierte así en un sustituto de la estructura. Y cuanto más difícil resulta transformar las condiciones que producen nuestra frustración, mayor puede ser la tentación de transformar al otro en el lugar donde depositarla.
Por otro lado, no dejan de llamar la atención las razones para convertirse en este o esta social justice warrior. Para algunos, la indignación se convierte en una plataforma desde la cual exhibir su propia superioridad moral. Condenar al otro permite presentarse públicamente como consciente, justo y del lado correcto de la historia.
La denuncia deja entonces de ser únicamente una preocupación por el daño producido y comienza a funcionar también como una forma de construcción de la propia identidad. No basta con estar en contra de algo; hay que demostrar públicamente que se está en contra.
Para otros, sin embargo, ni siquiera existe una reflexión tan consciente. Simplemente siguen el movimiento de la multitud. Repiten, comparten, condenan y se indignan porque los demás lo hacen.
La velocidad de las redes sociales no favorece necesariamente el pensamiento; favorece la reacción. En este punto, resulta particularmente sugerente la imagen del “enjambre” de Byung-Chul Han: una multitud digital compuesta por individuos que pueden actuar simultáneamente sin llegar a constituirse en un verdadero sujeto colectivo capaz de deliberar.
El enjambre se mueve, zumba y produce ruido, pero no necesariamente piensa.
Una multitud puede ser muy ruidosa sin ser necesariamente reflexiva; puede ser moralmente categórica sin haber examinado críticamente sus propios presupuestos. Y cuanto mayor es el número de personas que repiten una afirmación, más fácil resulta confundir consenso con verdad y unanimidad con justicia.
Pero existe todavía una pregunta más incómoda: ¿qué sucede con nosotros cuando dejamos de ver a una persona y comenzamos a ver únicamente aquello que creemos que representa?
Allí donde desaparece el rostro del otro, desaparece también parte de la resistencia moral que nos impide convertirlo en objeto de desprecio. El individuo se transforma en etiqueta; la etiqueta, en enemigo, y el enemigo, finalmente, en alguien sobre quien parece legítimo descargar nuestra frustración.
Entonces, el desafío no consiste en abandonar la crítica ni en defender una sociedad incapaz de exigir responsabilidades. Una sociedad democrática necesita denunciar las injusticias, confrontar los abusos y discutir públicamente aquello que considera intolerable.
El desafío es hacerlo sin convertir la indignación en una licencia para deshumanizar.
En una época de enjambres digitales, conservar la capacidad de pensar por cuenta propia y reconocer un rostro allí donde la multitud solo ve un enemigo puede ser una de las formas más elementales y, a la vez, más difíciles de libertad.
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Tsáitami Ordóñez Araya es abogada.