
La Selección Nacional masculina de Fútbol de Costa Rica no fue capaz de clasificar para competir en el Campeonato Mundial de Fútbol 2026, lo cual generó múltiples análisis acerca de las causas de un fracaso deportivo que no puede atribuirse a un solo factor. Se han mencionado como posibles causas de la eliminación la preparación física, la disciplina, el compromiso, la planificación y la gestión deportiva. Sin embargo, existe un elemento del que poco se habla y cuya ausencia resulta cada vez más evidente la falta de una cultura científica dentro de nuestro fútbol.
Hace varios meses, un grupo de profesionales de distintas disciplinas, provenientes de universidades públicas y empresas privadas y con amplia experiencia en medicina deportiva, fisiología del ejercicio, epidemiología, ciencias del movimiento humano y gestión de la salud, aceptó colaborar con una iniciativa orientada a fortalecer el fútbol nacional. El objetivo era sencillo pero estratégico: construir un sistema de vigilancia epidemiológica de lesiones que permitiera conocer, analizar y prevenir los problemas de salud que afectan a los futbolistas costarricenses.
La propuesta no pretendía sustituir el trabajo de entrenadores, preparadores físicos o cuerpos médicos de los clubes. Por el contrario, buscaba generar información objetiva para mejorar la toma de decisiones, proteger la salud de los jugadores y elevar el nivel competitivo de nuestro fútbol mediante el uso de evidencia científica. Durante meses se trabajó en el diseño de una propuesta técnica robusta; participaron profesionales altamente calificados, muchos de ellos con experiencia nacional e internacional, incluso en campeonatos mundiales de fútbol. Sin embargo, el principal obstáculo no fue técnico ni económico; fue la indiferencia.
A pesar de que inicialmente se otorgó a la comisión la potestad para avanzar en sus labores, nunca se brindaron los espacios necesarios para presentar formalmente el proyecto a quienes toman las decisiones. Los reiterados esfuerzos por lograr reuniones de trabajo con los presidentes de los clubes y las autoridades correspondientes no prosperaron. El proyecto simplemente dejó de ser una prioridad.
Lo más preocupante no es el rechazo a una propuesta, sino lo que dicho rechazo representa: una visión del fútbol que continúa viendo la ciencia como un elemento accesorio, cuando en realidad constituye uno de los pilares fundamentales del deporte moderno. Resulta paradójico que, mientras las principales ligas y selecciones del mundo invierten millones de dólares en análisis de datos, monitoreo de cargas de entrenamiento, prevención de lesiones, nutrición deportiva, psicología del rendimiento y evaluación fisiológica, en nuestro medio todavía persista la idea de que muchas decisiones pueden seguir tomándose “a ojo”.
El fútbol es el deporte más mediático de nuestra región, pero lamentablemente el más resistente a incorporar el conocimiento científico en sus procesos cotidianos. Con frecuencia, las estructuras de decisión están dominadas por criterios políticos, intereses de corto plazo o percepciones subjetivas.
En muchos casos, quienes tienen el mayor poder sobre la planificación deportiva carecen de formación especializada en ciencias del deporte y consideran innecesario el apoyo sistemático de equipos multidisciplinarios. Esa resistencia tiene consecuencias, pues no solamente limita el rendimiento competitivo, sino que también pone en riesgo la salud de los deportistas. Cada lesión representa pérdidas de tiempo, aumento en el dinero gastado en medicina y rehabilitación física, pérdida de oportunidades para los jugadores y sus familias y, en algunos casos, carreras afectadas de manera irreversible.
La historia nos demuestra que la ciencia sí puede aportar. Por ejemplo, durante el proceso que culminó con la histórica participación de Costa Rica en el Mundial de Brasil 2014, una de las exigencias del cuerpo técnico liderado por Jorge Luis Pinto fue contar con respaldo científico para apoyar la preparación del equipo.
Se realizaron múltiples evaluaciones fisiológicas y se utilizaron herramientas técnicas para identificar fortalezas y oportunidades de mejora. Esos elementos no explican por sí mismos el éxito alcanzado, pero sin duda constituyeron una pieza más dentro de un engranaje que permitió competir al más alto nivel.
Igualmente había sucedido en 2001, en el proceso liderado por Alexander Borges Guimarães, durante la mejor eliminatoria que ha jugado Costa Rica.
Lamentablemente, después de esas experiencias, el impulso hacia una mayor integración entre ciencia y fútbol no logró consolidarse. Hoy, seguimos discutiendo problemas que países tradicionalmente no futbolistas como EE. UU. resolvieron hace años mediante planificación, investigación y gestión basada en evidencia, lo cual les ha permitido consolidarse como potencias futbolísticas en el área.
Costa Rica cuenta con la UCR y la UNA, donde se desarrolla investigación de primer nivel en salud, movimiento humano, fisiología, biomecánica, nutrición y ciencias aplicadas al deporte. Existe talento humano, capacidad técnica e infraestructura académica para colaborar con el fútbol nacional. Sin embargo, la respuesta de quienes dirigen el destino del fútbol costarricense ha sido, demasiadas veces, el silencio.
La consecuencia es que seguimos desaprovechando conocimiento que, paradójicamente, suele ser más valorado fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas. Nuestros investigadores colaboran con instituciones internacionales, publican en revistas científicas de prestigio y participan en redes globales de conocimiento. No obstante, cuando ofrecen contribuir al desarrollo deportivo nacional, encuentran puertas cerradas.
El fútbol costarricense es indiscutiblemente talentoso; así lo demuestran nuestros jugadores cada vez que compiten en escenarios internacionales. Pero el talento, por sí solo, ya no es suficiente. El deporte moderno exige disciplina, planificación, medición, evaluación y mejora continua. Exige humildad para reconocer que la intuición no puede sustituir a la evidencia. Sabemos que la ciencia no garantiza victorias, pero sí reduce la improvisación. Ayuda a prevenir errores, optimizar recursos y proteger a quienes constituyen el activo más valioso de cualquier club y la selección nacional: sus jugadores. útbol
Quizá la mayor lección de este episodio sea que el verdadero desafío no consiste en crear más comisiones o redactar más documentos, sino en construir una dirigencia capaz de comprender que el futuro del fútbol pasa necesariamente por la integración del conocimiento científico en la toma de decisiones.
Mientras eso no ocurra, seguiremos celebrando esfuerzos aislados, lamentando oportunidades perdidas, truncando la carrera profesional de muchos costarricenses, y continuaremos preguntándonos por qué no logramos dar el salto de calidad que tanto anhelamos, cuando la respuesta ha estado frente a nosotros durante años.
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Firmantes: José Moncada Jiménez, Willy Gálvez Aguilar, Juan José Romero Zúñiga, Carlos Palavicini Quesada, Alfredo Gómez Cabrera, Alejandro Ramírez Elizondo, Mary Elizabeth Coe Ruiz, Francisco Siles Canales, Otto Patiño Chacón y Víctor Alfaro Obando.