
Cuando mis abuelos llegaron a San José, a comienzos de los sesenta, ya habían vivido en lugares como Puriscal, La Mansión de Nicoya y Río Jiménez de Guápiles. Iban de un sitio a otro siguiendo el trabajo, buscando un lugar donde la vida no apretara demasiado y el jornal de mi abuelo alcanzara para todos.
Por entonces, el barrio apenas empezaba a levantarse. Las calles eran de lastre y, entre los lotes vacíos, sobresalían casas nuevas de cemento con techos de cinc que parecían repetirse unas a otras.
Mis abuelos compraron a pagos uno de aquellos terrenos estrechos en Desamparados y, poco a poco, levantaron una casa atravesada por un pasillo que olía siempre a humedad.
Eran nueve en total: los padres y los siete hijos menores. Los otros cinco hijos habían quedado repartidos en distintos lugares, de Limón a Puriscal, con sus propias familias y nostalgias.
En las mañanas, en la casa nueva, el ruido de los carros subía desde la calle como una respiración mecánica. Cada rincón tenía dueño y, aun así, faltaban metros para el silencio.
Por las tardes, los vecinos sacaban sillas a las aceras de lastre y comentaban las noticias del día mientras los niños jugaban bolinchas entre montones de arena y materiales de construcción. Casi todas las casas estaban habitadas por familias recién llegadas de otros pueblos.
Instalaron el teléfono un jueves. Era un aparato negro con disco giratorio, apoyado sobre una mesita junto al sillón. Era el primero que tenían. Los hijos se turnaban para marcar los números, fascinados por el clic del disco al volver a su posición inicial. Mi abuela decía que aquel objeto era una señal de progreso; mi abuelo, que era una forma nueva de depender de los demás.
La primera llamada llegó de madrugada.
El timbre los despertó a todos: los niños y las adolescentes salieron de los cuartos con las cobijas sobre los hombros; mi abuela tropezó con una silla. Mi abuelo llegó a tiempo para contestar.
–¿Aló? –dijo.
Nadie respondió. Después oyó un rumor leve, como de un río distante.
–¿Quién llama?
–Hijo, ¿ya comiste?
La voz era inconfundible. Era mi bisabuela.
El aire se le quedó atrapado en el pecho. No había escuchado esa voz en años.
Ella nunca había tenido un teléfono, ni habría sabido cómo usarlo. En Grifo Alto, cuando alguien necesitaba comunicarse, iba al comisariato y pedía la llamada por minuto.
Hacía años que mi abuelo había salido de Puriscal, después de despedirse de ella por última vez. Desde entonces, solo la había escuchado en los recuerdos.
–¿Dónde está? –preguntó él.
–Aquí mismo –dijo la voz–. No se desvele tanto.
Y colgó.
Durante el día no dijo nada, pero mi abuela lo notó distinto, más callado.
Esa noche casi no probó la cena y se quedó un rato en el corredor, concentrado en las luces dispersas del nuevo barrio.
Mi abuela pensó que la llamada le había despertado una nostalgia antigua, de esas que llegan sin avisar y tardan semanas en irse.
Cada vez que levantaba el auricular, mi abuelo parecía captar algo que los demás no alcanzaban a distinguir. Los hijos mayores bromeaban y decían que los cables se cruzaban con otras líneas, que era la operadora, que el teléfono era así al principio.
Las llamadas se repitieron. Siempre en la madrugada, a la misma hora.
A veces, la voz hablaba de cosas pequeñas: las matas de orégano, el caldo de frijol en el fogón, la ropa tendida al viento. Otras veces, solo respiraba, con ese ritmo tranquilo que mi abuelo recordaba de su infancia, cuando ella dormía la siesta y él jugaba a esconderse bajo la cama.
Una tarde, uno de los hijos se atrevió a descolgar el auricular.
No oyó nada, pero al volver a ponerlo, el teléfono sonó de nuevo, con un timbre largo que no terminaba.
Con el tiempo, la casa se llenó de otros murmullos. Los vecinos, los radios encendidos, el tránsito, los platos que chocaban en la cocina. Y, sin embargo, mi abuelo parecía oír solo una cosa: aquel timbre que le interrumpía el sueño sin pedir permiso.
Una madrugada, cuando atendió por última vez, la voz dijo:
–Hijo, ya no hace falta que respondás.
Después llegó el silencio. Y después nada.
Los técnicos llegaron y revisaron la línea, pero no encontraron fallas. Dijeron que tal vez los niños habían estado jugando con el aparato y que el ruido del viento se colaba de vez en cuando en el cableado.
A veces, mientras veía por la ventana, mi abuelo levantaba el auricular y lo acercaba al oído.
Mis tías contaban que lo encontraban así, en silencio, con el auricular apoyado en la oreja. Escuchando.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
