Tengo la buena fortuna de pertenecer a una familia cuyo esfuerzo me permite atender a un colegio privado. Confieso que nunca he puesto pie en una escuela pública. Mis estudios son completamente en inglés. El roce más cercano que he tenido con muchachos en un liceo del Estado fue un partido de futbol contra Rincón Grande de Pavas.
Nos apabullaron, cinco o seis a cero; lo admito, mis compañeros y yo nunca hemos tenido que jugar en la calle, ni con tacos rotos, y tal vez por eso creemos inocentemente en el virtuosismo del deporte, cuando la realidad para muchos muchachos es otra, en la que el futbol es una competencia feroz entre soñadores para salir de la pobreza.
Anécdota reveladora. Sin embargo, quizás esta distancia que me separa del sistema de educación pública me permita valorar dicho sistema. El pasado verano asistí a un foro en EE.UU. para jóvenes líderes. Lo que más resalta de la experiencia no es el debate que llevamos a cabo en el edificio de las Naciones Unidas, sino una anécdota de mi profesor, una gran persona.
Él es de Ghana, y cuando solicitó una visa para obtener una maestría en Estudios Africanos en los EE. UU., un oficial de la embajada le preguntó que para qué, ya que varias universidades en su país ofrecían el mismo programa. Su respuesta fue breve, pero profunda: “porque para apreciar a los conflictos de mi país y cómo resolverlos, debo salir de la caja y contemplar el problema desde fuera”.
Considero que el mayor problema con la educación costarricense es que no sirve a un nivel práctico. Para empezar, hay una escasez de profesores, y los mejores buscan enseñar en un colegio privado, porque los salarios del Estado no son competitivos. No se le puede pedir a una persona inteligente y habilidosa que pase sus días en un ambiente depresivo, rodeado de infraestructura que se está cayendo, intentando controlar a un grupo grande de adolescentes y hacerles entender el álgebra o lo gramática, por una suma módica de dinero. Porque ¿qué le va a interesar al estudiante algo como el álgebra si no aprecia que es un tema útil en la vida real, que se ocupa para profesiones como la ingeniería y la arquitectura?
Pero si uno no lo sabe, entonces está en riesgo de fallar los exámenes de bachillerato y, si es así, entonces está definitivamente condenado a una vida de clase baja sin movilidad social. Se debería dar, entonces, mayor énfasis a los colegios vocacionales. Pero, al igual que los otros colegios del Estado, no tienen suficientes recursos porque, a pesar de que el PAC y el PLN de alguna manera concuerdan en que se debe subir el presupuesto para la educación al 8% del PIB, la plata aún no llega.
Falta de motivación. Los exámenes de bachillerato son otro problema. Son basados en un modelo antiguo de la enseñanza que ya no se usa en los países desarrollados. Le dan importancia a la memorización y la repetición de teorías y datos. Mi profesor de inglés del año pasado se refiere a esta práctica como “vomitar hechos”. Los exámenes de bachillerato se pueden pasar sin mayor esfuerzo intelectual. Sí se requiere mucho estudio, pero los exámenes no miden la inteligencia, sino la habilidad de poder repetir como un loro o de saber usar la calculadora. Este tipo de educación no prepara a los estudiantes para la vida profesional competitiva.
Lo asombroso es que muchos no logran pasar las pruebas. Y no es por falta de inteligencia, porque los exámenes casi no consideran esto, sino por falta de motivación ya que la materia no logra trazar una conexión con la realidad del día a día.
Si yo fuera estudiante en un colegio público, no me apasionaría el aprendizaje de todo; y el deseo de aprender, de conocer, es lo preponderante para el éxito en la vida. Paralelamente, estoy seguro de que, si alguien en un colegio del Estado pasara un día en la institución donde estudio yo, se daría cuenta de que la brecha social en Costa Rica no es una que viene de una raíz económica, sino de una raíz educativa.