
Costa Rica celebra. El PIB creció 4,6% en 2025, las reservas internacionales superan los $19.000 millones, el desempleo está en mínimos históricos y Bank of America nos llama “jaguar”. Los titulares son envidiables. El problema es lo que no aparece en los titulares.
El 19 de marzo de 2026, el Banco Central de Costa Rica (BCCR) compareció ante la Asamblea Legislativa para rendir cuentas. Presentó una tabla para mostrar que sus pérdidas anuales se redujeron: de ¢286.000 millones en 2023 a ¢42.000 millones en 2025. Técnicamente cierto. Lo que no dijo es que esa mejora se manifiesta mientras el patrimonio neto del BCCR es negativo en ¢2,8 billones (2,8 millones de millones). Dato auditado y firmado por la firma Crowe Horwath, registrado en los estados financieros públicos bajo la categoría “Entidad en funcionamiento”, que es la advertencia más seria que existe en contabilidad internacional.
Tampoco dijo que el instrumento que originó ese desplome patrimonial se llama “Bonos de Estabilización Monetaria” (BEM), que acumula a hoy un stock de ¢2,96 billones al 5,34% de interés promedio, y que solo en 2024 el BCCR pagó ¢59.000 millones en intereses sobre esos bonos. Ni que las emisiones de deuda del Banco Central crecieron casi ¢1 billón en un solo año.
¿Qué son los BEM y por qué deberían importarnos?
El mecanismo suena muy técnico, pero en realidad es una bicicleta. Las tasas de interés altas en Costa Rica atraen capital internacional en busca de rendimiento seguro. Esa entrada de dólares aprecia el colón. El colón fuerte abarata importaciones y reduce la inflación. La inflación baja justifica mantener las tasas altas. Las tasas altas atraen más capital especulativo que se suma al que genera el sector productivo. La bicicleta pedalea sola.
Para sostenerla, el BCCR compra los dólares que entran. Solo entre el 19 de febrero y el 19 de marzo de 2026 compró $449 millones. Comprar esos dólares requiere emitir colones. Pero esos colones nunca circulan en la economía real. Nacen y mueren como BEM, instrumentos de deuda que el Banco Central coloca inmediatamente entre entidades financieras a tasas altas para retirar del mercado el dinero que acaba de crear.
Es un ejercicio de emisión monetaria que no llega a ningún bolsillo, a ninguna empresa, a ningún crédito productivo. Existe únicamente para cuadrar el balance de una operación que el propio Banco Central reconoce que es costosa.
El resultado de esto es que el BCCR pide prestado caro en colones para comprar barato en dólares que se deprecian, y la diferencia se acumula año tras año como déficit cuasifiscal. Ese déficit ya supera los ¢3,2 billones.
El problema para quienes se benefician de esto no es que la bicicleta siga. El problema es quién y cómo se paga cuando pare.
Porque mientras la bicicleta gira, hay dos Costa Ricas. La de las zonas francas, que crecieron 12,7% en 2025. Y la del régimen definitivo, donde opera la mayoría de empresas costarricenses, que creció 3,0% en el mismo año. El agricultor de piña, de café, de banano recibe hoy ¢233 menos por cada dólar que exporta respecto al pico de 2022. El operador turístico rural ve cómo Costa Rica se encarece frente a sus competidores. La pyme manufacturera compite contra importaciones un 30% más baratas gracias al tipo de cambio. Esa pérdida no aparece en el PIB agregado ni en ningún titular sobre el jaguar.
El FMI, en su evaluación de marzo de 2026, fue explícito: el BCCR debería bajar la tasa de política monetaria (TPM), dejar de acumular reservas y limitar la intervención cambiaria. Los propios técnicos del Banco recomendaron lo mismo desde enero. No obstante, la Junta Directiva no ha actuado en consecuencia.
No es que el BCCR actúe de mala fe. Tiene razones técnicas para muchas de sus decisiones y sus logros en estabilidad son reales. Pero una institución con patrimonio negativo de ¢2,8 billones, con una advertencia de continuidad de sus auditores, que acumula pasivos fuera del escrutinio legislativo ordinario, necesita rendir cuentas con más detalle que una tabla incompleta de cinco filas presentada ante el Congreso.
Las preguntas que nadie formuló en la presentación al Congreso del 19 de marzo anterior son simples: ¿Por qué seguimos emitiendo BEM al 5,34% cuando el FMI dice que no es necesario? ¿Cuál es la meta de reservas y cuándo se detiene la acumulación? ¿Por qué el stock de BEM de más de ¢2,96 billones no aparece en el reporte oficial de deuda pública?
Es así como se revela que el secreto de la “economía jaguar” costarricense es que anda en bicicleta. El día que el Banco Central deje de pedalear, el jaguar se cae y el costo de esa aventura lo pagará el contribuyente.
La ventana para una corrección dolorosa pero ordenada existe gracias a que todavía hay un sector productivo con capacidad de reacción. Pero esa ventana se hace cada vez más estrecha.
amalpizar@rexcargo.com
Álvaro Alpízar Antillón es economista.