
Como ya es natural en el ser costarricense, cada 14 de setiembre celebramos nuestra libertad, nuestra independencia de imposiciones externas e internas.
Miles de niños y muchachos corrieron desde nuestra frontera con un país totalitario, avanzando sin parar y alzando con orgullo la antorcha, ese fuego que significa mucho más que la celebración de la Independencia: representa nuestra dignidad como pueblo libre y una llama que puede crecer hasta convertirse en llamarada si alguno pretende manchar la gloria y la libertad de nuestro pueblo.
Lo más significativo en la gesta de nuestras niñas y niños fue que ninguno de ellos se hizo con la antorcha para correr hasta su casa y guardarla para sí.
Cuando algo es de todos, no puede ser de una sola persona, ni mucho menos de un grupo que se cree dueño de la verdad y que cree que cualquiera que no piense igual es un enemigo al que no hay que dejar pasar detrás de la barrera. No, señor.
Nuestros hijos hicieron decenas de miles de relevos de la antorcha. Se la pasaron unos a otros sin preguntarles a sus relevos en qué creían o de qué partido eran sus padres. No: solo brillaba en sus rostros la alegría de ser portadores temporales del símbolo de nuestra libertad, de la esperanza de que el futuro que a ellos les tocará vivir no sea el de siervos serviles a un partido político. Que no sean ellos esclavos de la displicencia de nuestra generación, que dejó que, poco a poco, la antorcha de nuestra libertad dejara de ser relevada en su camino hacia el futuro.
El relevo de la antorcha es parte del símbolo patrio. Es el símbolo que representa nuestro devenir cada cuatro años y es tan sagrado como lo más sagrado que podemos tener los costarricenses, que no queremos que la próxima vez, en la frontera, la antorcha pase de manos de militares del norte a pseudomilitares del sur.
Quienes pretenden, sin decirlo con claridad, calcular políticamente cómo perpetuarse en el poder para no sabemos qué propósito –pero sí sabemos que no es para engrandecer a nuestra patria, ni nuestra libertad, ni el futuro de nuestros niños–, que lo piensen bien.
Que no cometan el error del pasado que nos llevó a la lucha fratricida, a enfrentarnos entre hermanos y a tener que renacer de las cenizas del fuego encendido por quienes despreciaron la antorcha de nuestra libertad y la arrojaron al suelo. Que no olviden que quienes desprecian el derecho y la libertad de los demás terminan poniendo en riesgo la libertad de todos.
Costa Rica, mi patria bendita, no dejemos que destruyan aquello que mañana tendremos que reconstruir. No permitamos que unos pocos se hagan del poder con la intención de perpetuarse en él, en lugar de relevarlo pacíficamente, con el orgullo y la responsabilidad que nos legaron nuestros próceres.
Cada cuatro años, libres, sin presiones, sin lavados de cerebro y sin manipulaciones populistas, depositamos en una caja de cartón nuestro voto y, con él, nuestra voluntad de seguir siendo un país sin dueños.
rprotti@geotestcr.com
Roberto Protti Quesada es geólogo.