Carlos Corrales Solano. 5 abril, 2018

El martes, temprano en la mañana, estaba enviando un correo electrónico confirmando al Colegio de Abogados y Abogadas mi asistencia a la celebración —el día de san Ivo, patrono de los abogados— para un grupo que cumplimos cincuenta años de ejercicio profesional, cuando recibí el mensaje de mi hijo Roberto de que José Luis Molina Quesada había fallecido. Así se presentan los acontecimientos. Digo esto porque hace precisamente cincuenta años José Luis fue mi padrino en la ceremonia de incorporación al Colegio.

Tuve el privilegio de comenzar el ejercicio profesional bajo su cálida y sabia orientación y guía. A los días de trabajar como su asistente, fue designado presidente de la Asamblea Legislativa. Puso toda su confianza en mí para mantener su relación y atención a su clientela. Con su guía y orientación, entré por primera vez al Registro de la Propiedad, allá por la catedral, diagonal a la Voz de la Víctor, en un pequeño e incómodo edificio; recorrimos las dispersas oficinas de los Tribunales de Justicia. En todas ellas recibíamos aprecio, cariño y respeto.

Conservo en mi biblioteca, en un sitio especial, las obras del Tratado Civil de Alberto Brenes Córdoba, con anotaciones de José Luis y de Eugenio Rodríguez Vega; ellos fueron compañeros en sus inicios como litigantes. También me obsequió Los mandamientos del abogado, de Couture, “Tenelos siempre a tu lado” (estudia, piensa, trabaja, lucha, sé leal, tolerante, paciente, ten fe, olvida, ama la profesión). Ética, moral, la naturaleza de las diferentes relaciones humanas, los límites y las distinciones entre ellas eran sus reflexiones.

Político consolidado. Cuando lo conocí, tenía una sólida y consolidada posición política. Ferviente defensor de la democracia y su base esencial, pensaba que los partidos políticos son permanentes, ideológicos, democráticos, responsables de su trayectoria, verdaderos movimientos de estudio, de análisis, no simples maquinarias o andamios electorales ocasionales.

Dos veces diputado, embajador ante las Naciones Unidas. Orador brillante, sencillo, claro y sólido, de amplia y profunda cultura humanista, siempre pensando en los más necesitados. Silencioso tanto en la colaboración en las obras salesianas como en la admiración del gran protector de la juventud: san Juan Bosco.

Toda esa experiencia y sabiduría la orientó en una segunda gran etapa de su vida a otras ilusiones: la enseñanza del Derecho Constitucional, especialmente en la Universidad de Costa Rica y en la Universidad de la Salle, y como magistrado suplente de la Sala Constitucional. Parcialmente retirado —porque no lo quería hacer a tiempo completo— obtuvo el doctorado en Educación. La historia era otra de sus pasiones. Disfruté de sus diálogos con la historiadora Clotilde Obregón.

¡Qué cincuenta años al lado de este mentor! La última vez que conversamos en Navidad para saludarnos y desearnos un feliz Año Nuevo se nos fue el rato hablando del Caribe, del colonialismo en esa zona y me ofreció un libro de Rómulo Gallegos sobre el tema. Nos quedó pendiente…

El próximo día de san Ivo, José Luis ahí estará presente como hace cincuenta años.

El autor es abogado.