
Durante casi cinco décadas, las mujeres iraníes han vivido bajo un sistema de opresión institucionalizada que les ha arrebatado derechos fundamentales sobre su patrimonio, sus decisiones, sus vidas e incluso sobre sus propios cuerpos. Bajo el régimen islamista iraní y su interpretación extremista de la sharia, la mujer ha sido reducida a una condición de subordinación legal y social incompatible con la dignidad humana. La autodeterminación y los principios más elementales de justicia les son negados a todas las mujeres que viven bajo la dictadura terrorista iraní.
A esta realidad profundamente dolorosa se suma otra herida moral de enorme gravedad: en Irán, la legislación permite el matrimonio infantil desde los 13 años e incluso, en ciertos casos, a edades menores mediante autorizaciones especiales. Al mismo tiempo, persisten vacíos alarmantes en la protección efectiva frente a la violencia doméstica, la violencia sexual y otras formas de abuso sistemático contra mujeres y niñas.
Desde su niñez, las niñas iraníes son obligadas a cumplir estrictos códigos de vestimenta impuestos por el Estado. Sus cuerpos son vigilados, regulados y castigados. Durante años, la llamada “policía de la moral del régimen” ha ejecutado estas disposiciones con crueldad, convirtiendo la vida cotidiana de millones de mujeres en un espacio de temor, humillación y permanente y agobiante sometimiento.
El nombre de Mahsa Amini quedó grabado en la conciencia del mundo entero como símbolo de esta tragedia con rostro de mujer. En setiembre de 2022, su muerte bajo custodia, tras haber sido detenida por supuestamente no cumplir adecuadamente con el código de vestimenta, desencadenó una de las expresiones de resistencia civil más conmovedoras y valientes de nuestro tiempo: el levantamiento de “Mujer, Vida, Libertad”.
Este grito de guerra, esta consigna nacida del dolor, se convirtió también en una declaración de dignidad. Las mujeres iraníes, acompañadas por hombres, jóvenes y estudiantes, salieron a las calles no solo para protestar contra una norma injusta, sino para desafiar un sistema entero de represión, control y violencia. Y el régimen respondió, como tantas veces, con brutalidad asesina.
Esta guerra contra el pueblo iraní, por parte del régimen de Teherán, tuvo otro capítulo del horror en enero de 2026, cuando las protestas por la libertad fueron reprimidas con un saldo de 30.000 asesinatos por parte de la dictadura islamista.
Organizaciones internacionales de derechos humanos y mecanismos de las Naciones Unidas han documentado graves violaciones cometidas contra manifestantes, entre ellas detenciones arbitrarias, tortura, violencia sexual, desapariciones forzadas y ejecuciones. Los testimonios conocidos estremecen la conciencia humana: mujeres violadas, jóvenes brutalmente golpeadas, cuerpos marcados por la tortura, ojos cegados deliberadamente como castigo ejemplarizante por haber osado mirar de frente y sin miedo al opresor.
La represión no ha cesado. Por el contrario, ha continuado con ferocidad renovada. Nuevas olas de protestas han sido enfrentadas con violencia extrema, mientras miles de ciudadanos permanecen detenidos arbitrariamente, entre ellos mujeres, adolescentes y menores de edad. Cada arresto, cada abuso, cada acto de crueldad confirma que el régimen teme profundamente la libertad de las mujeres, porque sabe que allí donde una mujer se levanta con dignidad, comienza a resquebrajarse el armazón moral de la tiranía.
En el mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, el mundo tiene el deber no solo de admirar la valentía de las mujeres iraníes, sino de honrarla con claridad en sus acciones en favor de la libertad del pueblo de Irán. La lucha de cada mujer iraní nos representa a todos y todas. Es una causa universal. Es la lucha por la dignidad frente a la humillación, por la libertad frente al miedo, por la vida frente a la cruel barbarie.
Las mujeres iraníes nos han dado una lección de coraje. Nos enseñan que la libertad no siempre comienza con grandes victorias, sino muchas veces con un gesto aparentemente pequeño, pero inmenso en significado: mostrar el rostro, alzar la voz, negarse a ceder y a vivir en opresión.
“Mujer, Vida, Libertad” no es solamente una consigna que puede pasar de moda. Es un llamado de conciencia. Y es, también, una promesa: la de que ningún régimen basado en el miedo podrá sofocar para siempre el anhelo humano de dignidad, justicia y libertad.
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Mijal Gur-Aryeh es embajadora de Israel en Costa Rica.