
Este primer cuarto de siglo ha estado signado por un conjunto de acontecimientos que han venido a cuestionar el optimismo construido entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el fin del siglo pasado.
El atentado de las Torres Gemelas acabó con la idea de la victoria de Occidente y el “fin de la historia”; la crisis del 2008 borró de un plumazo la ilusión del triunfo del capitalismo y las presuntas bondades del “greed is good”; la pandemia de covid-19 nos recordó nuestra ineludible naturaleza biológica, nuestra naturaleza egoísta ante el desastre y el fin de la globalización optimista, y la invasión de Ucrania dinamitó el orden multilateral y nos devolvió casi un siglo, al orden mundial mediado por el mero poder.
No es de extrañar que estos acontecimientos, y sus consecuencias inmediatas y mediatas, hayan venido a poner en duda la quizá ingenua idea del progreso, entendida como esa flecha que siempre va hacia adelante, hacia arriba, y hayan introducido cantidades acumulativamente crecientes de incertidumbre respecto a lo que el futuro podría depararnos. Al punto que las versiones distópicas del futuro constituyen un género que se cotiza al alza.
Nótese que, si bien estos procesos han venido acompañados de un cambio tecnológico sin precedentes, ninguno de ellos es, en sí mismo, producto de ese cambio tecnológico. Son eventos de naturaleza esencialmente política, y no pareciera que nada de lo que la tecnología nos haya brindado hasta ahora sea de mayor utilidad no solo para contrarrestar sus consecuencias más deletéreas sino ni siquiera para paliar la incertidumbre aumentada, más allá de la anestesia del scroll infinito.
Pues bien: todo apunta a que el siguiente acontecimiento cataclísmico ya tuvo lugar, precisamente el mismo año de la invasión de Ucrania, y fue la presentación en sociedad de la inteligencia artificial generativa (IAG), con el primer chat, digamos, inteligente. A diferencia de los anteriores, este sí es un evento radicalmente tecnológico, no político, cuya evolución tiene a la política corriendo a la zaga. Pero, además, parece estar siendo capaz de mostrar sus posibles consecuencias de una forma que los humanos entendemos con mucha mayor claridad que los eventos anteriormente descritos.
A diferencia de la Primera Revolución Industrial, que incidió esencialmente en la dimensión física del trabajo, multiplicando la fuerza y simplificando el esfuerzo, la IAG se apropia de aquellas dimensiones del trabajo que, signadas por el lenguaje, parecían inexpugnables a la optimización y la automatización. Ya no son solo los mecánicos de mono azul los que ven sus puestos peligrar, sino que ahora son los trabajadores de cuello blanco, e incluso los técnicos muy calificados y los intelectuales, los que se ven en peligro de perder su silla.
Y esto sí es algo que entendemos sin necesidad de que nos lo expliquen, por una muy sencilla razón: desde antes de que se escribiera Génesis 3:19, nuestra especie ha entendido que ha de realizar un esfuerzo permanente por garantizarse el pan, con o sin el sudor de su frente. Al punto que, con el capitalismo, esa dimensión de la vida humana pasó de ser un mal necesario a convertirse en el eje central de la vida de la inmensa mayoría de las personas. “¿A qué te dedicás?” reemplazó al “¿quién sos?”. Y, curiosamente, el trabajo inundó todas las esferas de nuestra vida, tanto que ya no se sabe muy bien si tiene tiempo acotado o ámbito excluyente. “Tiempo libre” es aquel que nos queda después de haber aportado nuestra libra de carne al Moloc laboral. Es el tiempo libre de trabajo.
Y de pronto, la IAG ha llegado a amenazarnos en esta dimensión esencial de nuestra forma de ser humanos, y hundirnos en la más angustiosa incertidumbre, no ya sobre el destino del mundo, el progreso y la felicidad, sino sobre nuestra condición de personas. ¿Qué haremos cuando nos quedemos sin habilidades que transar en el mercado? ¿Cuando nadie quiera pagarnos un salario? ¿Cuando seamos un recurso prescindible?
Hay mucha gente estrujándose las meninges para dar respuesta a estas inquietudes, incluyendo no solo economistas o tecnólogos, sino también políticos, a los que la idea de tener mucha gente ociosa y pensando parece incomodar sobremanera. E incluso, después de muchos años, vuelven a surgir, por fin, visiones utópicas, que creen ver en esta tecnología la ocasión de materializar esa tierra prometida, por la que fluyan ríos de leche y miel.
Pero quizá lo que no tiene a tanta gente pensando es en cómo podría ser una vida humana librada no ya del trabajo (que estimo una condición consustancialmente humana) sino del trabajo asalariado. Liberada del tráfago de los desplazamientos, de las horas extra sin remuneración, de las tediosas reuniones sin propósito, de los innumerables correos que vienen y van, de la intrusión en la vida privada y su supeditación, de las tareas rutinarias y sin sentido. Una vida, en suma, en la que todo el tiempo sea, realmente, libre.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.
