
Una de las hebras con las que está tejida la prolija mitología estadounidense es la del hombre hecho a sí mismo (self-made man), figura mítica que, de Benjamin Franklin (cuya autobiografía sigue siendo lectura más que recomendada sobre la forja del carácter de un ser humano) a Donald Trump, muestra una serie muy desigual de encarnaciones. Serie que, como lo muestra el último ejemplo, no resiste una inspección minuciosa, y que tiende a entresacar, en una muestra clara de un sesgo de confirmación, unas decenas de casos excepcionales de éxito entre millones de ocultas historias de fracaso. Hoy sabemos que la mejor forma de hacerse rico es tener padres ricos. Y, aunque también tenga sus excepciones, es probado.
En todo caso, esta mítica figura escamotea el hecho esencial de que nadie nace solo, ni crece solo, ni logra el éxito solo. Un truísmo que resumiera muy bien una figura política precisamente estadounidense, la senadora Elizabeth Warren: “No hay nadie en este país que se haya hecho rico por sí solo. Nadie”. Pueden ver el video en Internet.
Esta reflexión viene al caso de mi descubrimiento, a lo largo del último proceso electoral, de la existencia en nuestro país de un pequeño pero bullicioso grupo de personas (curiosamente, hombres, en su gran mayoría) que parecen ser una mala copia de algún original foráneo que cacarea tonadas similares. Porque si en algo nos hemos vuelto originales en esta era de las redes sociales es en ser malas copias de algo ajeno.
Estos hombres no pueden reclamarse “solos”, pues no lo están; son hijos de madres, padres de hijos, esposos de esposas, gym bros, empresarios (o, cuando menos, emprendedores, ¿y quién no lo es hoy en día?), devotos fieles y así.
Por la misma razón, tampoco podemos declararlos “aislados” pues, muy al contrario, uno los ve codeándose con otros especímenes similares en centros comerciales, gastro pubs, spas, boxes, clubes privados, iglesias y demás.
Ni, muchísimo menos, podemos denominarlos “solitarios”. Su caracterología no parece deambular por los senderos de la introspección, la reflexión o el estudio. Muy al contrario: tienen todas las trazas de ser extrovertidos de manual. Bulliciosos, bullangueros, logorreicos, mostrando siempre esa peculiar osadía al actuar y atrevimiento al opinar que solo puede otorgar la ignorancia supina.
Tratando de recuperar la raíz indoeuropea de los términos anteriores, he optado por denominarlos sólidos, por dos razones. La primera, porque encarnan el significado primigenio de esa raíz: todo, completo, entero, total. Parecen haber brotado ex nihilo desde algún lugar del universo: jóvenes, adultos, maduros, íntegros, monobloque. Segundo, porque en esta sociedad, que alguien caracterizó agudamente como líquida, son un ejemplo de lo duro, lo compacto, lo resistente, lo sin fisuras, lo claro, lo contundente, lo sin duda.
Pues bien: estos sólidos llamaron mi atención porque muestran girar alrededor de una idea central, común y uniforme: pagar impuestos es una pésima idea. De hecho, no habría que hacerlo. Porque, ¿qué le deben ellos a nadie?
No es que nieguen que tienen una madre. ¿Quién, en su sano juicio, se atrevería a afirmar algo así, máxime públicamente? Pero parecen no recordar (con justa razón, porque el hipocampo a esas alturas es aún una masa informe y poco diferenciada del cerebro) que, cuando ellos nacieron, su madre estaba en la cama de un hospital público, atendida por enfermeras y médicos que se encargaron de brindarle toda el cuidado necesario para que ese niño naciera bien y su vida no corriera peligro. Algo que otros profesionales se encargarían de asegurar a posteriori, mediante evaluaciones de reflejos, vacunas oportunas, desparasitantes y demás.
Tampoco parecen recordar su escuela de primeras letras, también pública, donde aprendieron los rudimentos de la lectura y la escritura, la aritmética básica (de la que tanto se jactan hoy), las normas de convivencia con otras personas, las efemérides y a jugar bola.
Ni parecen acordarse del colegio público en el que trabaron conocimiento del país que somos, del mundo al que pertenecemos, de la historia que nos trajo aquí, de cómo nos organizamos como sociedad y de los avances de la ciencia.
Ni tampoco se acuerdan ya de los años largos de universidad pública, en la que se formaron merced a entornos académicos sólidos, profesores capacitados, aulas, bibliotecas y laboratorios, becas, que les brindaron las herramientas para convertirse en los profesionales que hoy son y acceder a la riqueza que ahora ostentan cual magos, como si se la hubieran sacado de la manga.
Ni parecen percatarse de cómo aparecieron esa carreteras sobre las que ruedan sus modernas naves, ni la luz y el agua que aparecen en sus casa por arte de magia, ni quién les garantiza la propiedad de sus condominales chozones, ni quién les permite dormir a pierna suelta sin miedo a que les tumben la puerta a patadas a las 3 de la mañana.
No sé de dónde han salido, aunque intuyo que algo tendremos que ver los progenitores. No sé de dónde han salido, repito. Pero sí sé adónde llevarán a los niños y jóvenes que están ahora mismo haciendo fila para poder tener acceso a aquello de lo que ellos disfrutaron.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.