Impacto de los pagos por servicios ambientales

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Allá por los inicios de la década de 1970 en los altos del cerro Azahar, en San Ramón, mi abuelo compró una finca de unas 70 hectáreas. Le había costado ¢60.000 y la negoció a pagos: cinco años sin intereses. Con colinas y nacientes, la finca tenía mucho potencial. El problema es que casi toda estaba inundada de bosque. Mi abuelo, así como casi todos los dueños de fincas de ese entonces, decidió contratar una empresa local para botar la montaña y abrir campo para potreros.








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