
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 a. m., el avión Enola Gay lanzó su carga mortal sobre la ciudad de Hiroshima. Tres días después, Nagasaki sería también devastada. Este momento trágico marcó uno de los capítulos más oscuros de la historia: la inteligencia humana puesta al servicio de la autodestrucción.
Aunque las circunstancias históricas que condujeron al desenlace del Proyecto Manhattan y al fin de la Segunda Guerra Mundial continúan siendo objeto de debate, lo cierto es que la tragedia de Hiroshima nos dejó un mensaje claro y urgente: nunca debemos olvidarla. Nunca debe repetirse.
Hoy, 80 años después, el mensaje de Hiroshima es más relevante que nunca. Vivimos en un mundo donde el riesgo nuclear persiste y donde la violencia adopta nuevas formas, muchas veces más sutiles, pero igualmente destructivas. La violencia no siempre comienza con armas: comienza con las palabras, con la normalización de los insultos y la deshumanización del adversario. Por eso, sembrar la paz es más urgente que nunca.
Decía el poeta libanés Khalil Gibrán: “La vida sin amor es como un árbol sin flores ni frutos. El amor sin la belleza es como flores sin fragancia. Y la paz sin justicia es una ilusión”. Construir una cultura de paz basada en la equidad, la solidaridad y la dignidad humana requiere justicia social. Esto es garantizar que todas las personas tengan acceso a educación, salud, trabajo digno, un ambiente sano y oportunidades reales de desarrollo sin ningún tipo de discriminación. Ante un mundo dividido por el fanatismo religioso, el odio racial y formas incontables de discriminación y ambición desmedida, sembrar la paz es más urgente que nunca.
Costa Rica, país sin ejército desde 1948, tiene una oportunidad histórica de seguir siendo un ejemplo de paz y democracia para la región y el mundo. Nuestra tradición democrática, basada en el Estado de derecho y en una sólida educación pública, debe ser defendida con determinación. Sin embargo, los discursos de odio y el populismo amenazan con fragmentarnos. Hoy más que nunca debemos reafirmar nuestro compromiso con una sociedad pluralista, libre y profundamente solidaria.
Árboles de la paz
Gracias a una iniciativa de la Universidad de Costa Rica, con el respaldo de la Fundación Legado Verde de Hiroshima, y de la Embajada de Costa Rica en Japón, semillas de árboles descendientes de aquellos que sobrevivieron al bombardeo han llegado a nuestro país.
Estos “árboles de la paz” serán plantados este año en espacios públicos bajo el cuidado de instituciones educativas y organizaciones de la sociedad civil. Su presencia será un símbolo vivo de resiliencia, de armonía con la naturaleza y de esperanza.
Sembrarlos en instituciones como la Universidad de Costa Rica no es casual. La UCR y la educación pública han sido pilares de la Costa Rica que hoy conocemos. La formación humanista es vital para la vida democrática de un país.
No hay campos del conocimiento que sean más importantes que otros. La ciencia y la técnica estarían vacías si no las animara la poesía, el arte, la filosofía. La cultura que proyectemos en las aulas será la cultura que definirá la sociedad futura de nuestro país. De ahí que una sociedad de verdadera paz debe formar ciudadanos libres y críticos.
Si queremos mejores políticos, entonces tengamos mejores ciudadanos. Si queremos mejores ciudadanos, entonces tengamos mejores maestros. La verdadera paz debe estar basada en la justicia social, la cual descansa en ciudadanos educados, críticos y libres.
Los árboles sobrevivientes a la bomba atómica simbolizan esperanza y paz y la sorprendente capacidad de la naturaleza para adaptarse, sobrevivir, y renovarse continuamente. Representan un poderoso símbolo de armonía con el ambiente, de regeneración, de perdón y de resiliencia. Son una invitación a crear una sociedad inclusiva y solidaria, de verdadera paz, que inspire a las generaciones más jóvenes a usar el conocimiento y la ciencia por el bien común, en especial de los más débiles y vulnerables.
Que el mensaje de Hiroshima sea el faro que nos guíe hacia una paz verdadera, que solo será posible cuando dejemos de vernos como enemigos y comencemos a reconocernos como hermanos y hermanas en este viaje humano compartido.
faetornis@yahoo.com
Gerardo Ávalos Rodríguez es profesor de la Escuela de Biología de la UCR y catedrático de esa universidad.