
Los miércoles en la noche jugamos basquetbol como si todavía tuviéramos veinte años. Llegamos con el entusiasmo intacto, jugamos en cámara lenta un primer partido de calentamiento y durante dos horas intentamos convencer al cuerpo de que la técnica y la memoria son suficientes. Por supuesto, el cuerpo no está de acuerdo.
Hace unas semanas decidió comunicármelo en el hombro derecho, con una especie de doble mensaje: una punzada que aparece cada vez que salto por un rebote y un ardor que se filtra en los giros defensivos y los pases frontales. Es una lesión, digamos, bilingüe.
Desde entonces, en las pausas de cada partido, me siento en una banca, tomo un trozo de hielo y lo desplazo sobre la piel como si buscara algo escondido. Avanzo, me detengo y regreso. Dibujo el mapa invisible donde los músculos se contraen y se defienden, intentando encontrar el punto exacto en que cede la tensión.
Hay algo un poco humillante en ese gesto. Uno llega sudado, con la respiración todavía acelerada, y de pronto se ve reducido a sostener el hielo contra el cuerpo, como si el objetivo final del deporte fuera alcanzar una temperatura sin dolor. A veces, mientras el frío hace su trabajo, tengo la impresión de estar participando en una ceremonia heredada.
Hace más de dos mil años, en la antigua Grecia, Hipócrates recomendaba aplicar nieve o agua fría para reducir inflamaciones y hemorragias. No es difícil imaginar la escena: en un patio de piedra, bajo el resplandor del mediodía, hay un hombre tendido sobre una tela áspera. Otro regresa con nieve envuelta en paños húmedos y la deposita sobre el músculo adolorido. El hombre sobre la tela es alguien que puede permitirse ese lujo.
Durante mucho tiempo, enfriar el dolor fue el privilegio de muy pocos. Aplicar el hielo implicaba un despliegue logístico notable. Casi una demostración de poder. Había que cortarlo en bloques durante el invierno, envolverlo en paja o aserrín, enterrarlo en depósitos excavados en la tierra y vigilarlo durante meses para que no se perdiera.
En el siglo XIX, en los sanatorios de altura, la nieve y el aire helado definieron una estética de la cura. En La montaña mágica, la novela de Thomas Mann, el frío es una forma de organización de la vida. La recuperación avanza en un tiempo glacial en el que se descansa mejor, se piensa más lentamente y se padece la enfermedad con cierta elegancia.
Empresarios como el estadounidense Frederic Tudor construyeron en esa época una industria basada en el transporte marítimo de bloques de hielo. De pronto, bajar la fiebre, enfriar una bebida o conservar alimentos dejó de ser excepcional en las ciudades de climas cálidos. En los hospitales, la presencia del hielo cambió el curso de algunas enfermedades.
En el siglo XX, los deportistas profesionales convirtieron el hielo en parte del espectáculo. Los aficionados al basquetbol vimos a Michael Jordan, después de sus partidos extenuantes, sumergido en agua helada como si su cuerpo necesitara comenzar desde cero. El frío pasó de ser una forma de alivio a la demostración de que el cuerpo estaba dispuesto a soportarlo todo. Incluso su propia reparación.
En las noches de basquetbol, cuando el partido se enreda en una negociación bizantina o se detiene por una falta, salgo de la cancha y me coloco un pequeño bloque translúcido sobre el hombro. En esa pausa, me concentro en la geometría que cambia con la presión y en los hilos de agua que avanzan sobre la piel. Entonces entiendo el asombro de Aureliano Buendía cuando su padre lo llevó a conocer el hielo.
El objeto prodigioso que mostraban los gitanos en las ferias de pueblo aparece ahora con un gesto cotidiano, casi inconsciente, cada vez que abrimos una pequeña puerta en la cocina.
El hielo ha pasado de ser un privilegio exótico a convertirse en un elemento imprescindible en los camerinos. De símbolo de estatus a mercancía global. En ese trayecto aparecen todos los cuerpos: el del paciente que recibió la nieve de la montaña, el de los enfermos en sanatorios, el de los atletas sumergidos en tinas heladas y el de quienes buscamos en el frío una forma de tregua.
El hielo tiene algo de magia y mucho de pausa. Detiene el avance del dolor, aplaza el deterioro y nos hace pensar que todavía es posible seguir. Aplicarse hielo es, en cierto sentido, negociar con el tiempo.
Los miércoles, cuando el juego se retoma y el balón vuelve a rebotar, permanezco inmóvil un momento. Después, aparto de mi cuerpo esa promesa de alivio y regreso a la cancha.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
