
El universo es una especie de conjunto de matrioskas, con realidades superpuestas a niveles muy disímiles de escala, algo que es fácil de visualizar hoy, pues hasta hay un sitio de Internet para ello (escala de universo, en inglés). Entre la espuma cuántica, los átomos, las moléculas y los microorganismos, por un lado, y la Gran Muralla Sloan (el objeto más grande del universo), por el otro, nosotros y nuestros artefactos ocupando una escala muy modesta. Y aun así, con limitaciones: no hay hombres de 5 metros, como jirafas, ni que pesen 700 kilogramos, como osos polares. Porque las escalas nos imponen límites. Y no solo en sentido biológico.
No obstante ello, parece haber una inclinación natural del ser humano a hacer cada vez más cosas y cosas cada vez más grandes, o más complejas. Esa tendencia, producto de un afán de superación, pero también de la emulación y del avance tecnológico, parece haberse exacerbado en las últimas generaciones, especialmente a rebufo de ese avance.
Así, los rascacielos más altos ya están alcanzando el kilómetro y, con muy pocas excepciones, prácticamente todos los más altos se han construido en el término de la última generación. De igual manera, hay más de 30 puentes que superan los 20 kilómetros (km) de longitud, y China cuenta ya con cuatro puentes de más de 100 km, llegando el más largo a medir la friolera de casi 190 km. Esto es posible, reitero, porque el avance tecnológico (en materiales, técnicas constructivas e ingenierías) permite que lo imposible parezca cada vez más posible. Pero sabemos que, indefectiblemente, también hay límites para rascacielos y puentes.
Pero otra forma, menos gentil y justificada, de exacerbar escalas la hemos aplicado también a estructuras de servicio enormemente importantes para funcionar en sociedades muy pobladas y crecientemente complejas. Así, hemos tratado de universalizar los sistemas de pensiones, la salud y la educación, con resultados notables, pero alejados de las probablemente ingenuas aspiraciones originales. Porque, como dije, amén de los físicos, la naturaleza nos impone límites de otros órdenes (e.g. económicos o de capacidad intelectual).
Así, la educación no parece haber escalado bien. Aún hay compatriotas que recuerdan haberse educado con literatos, filósofos o artistas insignes, cuando los estudiantes eran pocos (y socioeconómicamente selectos) y los profesores, aún menos (e intelectualmente selectos). Es decir: hablamos de una educación al menos a una desviación estándar por encima de la media, tanto en lo socioeconómico como en lo intelectual. Va de sí que, cuando se trata de extender el modelo, y quedando poco espacio a la derecha de la desviación estándar, la propensión natural será la de llenar las aulas de más estudiantes y docentes tirando a la media o por debajo. Y, aunque no sea el único factor determinante, los resultados están a la vista.
Solo sociedades muy enfocadas en el problema logran paliar esto, mediante rigurosos procesos de selección y formación de docentes (que compiten con otras profesiones) y fuertes inversiones en la formación de los alumnos, según sus capacidades.
Pero hay estructuras y procesos no tan complejos que, aunque creímos iban a ser radicalmente mejorados por la incorporación de la tecnología, tampoco han escalado bien. Así, hemos logrado eludir las visitas a las sucursales bancarias y las interminables filas de otrora. Pero las hemos reemplazado por un sinnúmero, mucho mayor, de transacciones virtuales, sujetas a los avatares de una tecnología muchas veces mal entendida y, peor aún, mal implementada.
El servicio que corre sobre la red de telefonía móvil deja de funcionar; la transacción en línea da un mensaje de error que ni siquiera nos dice si la transacción se dio o no. Y las actuales y escasas visitas a las sucursales pueden terminar en sistemas caídos o en la contemplación de funcionarios tecleando y tecleando frenéticamente, frente a uno y sin habla, sin que uno sepa si la ordalía terminará en cinco minutos o si esa será su última morada.
O el comercio en línea, lleno de páginas con productos que no se han actualizado en meses, exhibidos con la microleyenda de “no disponible” o con listados de sus ene tiendas que indican que el producto no existe en ninguna de ellas. O con precios que difieren de los de la tienda. Y así y así.
El proceso es tan generalizado y universal que un periodista ha bautizado con el muy ilustrativo término de enshitification (perdón el francés) esa degeneración progresiva de los servicios y las plataformas digitales. ¡Pero se puede extender a tantos otros ámbitos de la vida!.
Así, por no considerar las escalas, terminamos disponiendo de cantidades crecientes de productos y servicios y contenidos, pero tendiendo –la inmensa mayoría de ellos– a una mediocridad que, progresivamente, se va consolidando como la nueva, y muy moderna, realidad. Una realidad poco áurea y bastante bah.
inigolejarza@pm.me
Íñigo Lejarza es bachiller en Psicología y máster en Administración de Empresas. Ha dedicado su carrera al análisis de datos y la investigación de mercados, especialmente en medios de comunicación y publicidad.
