La primera vez tenía 15 años. Enfrentaba el divorcio de mis papás, separados desde que yo tenía cuatro, pero esa fue apenas la gota que derramó el vaso. Detrás estaba todo lo que había vivido de pequeña y aquel odio hacia una persona que, en vez de apagarse, crecía. Entonces ocurrió: pasé de pensar en suicidarme a materializar el intento.
Iba a la iglesia, era una adolescente aparentemente feliz y tranquila y aconsejaba a mis amigas cuando me contaban sus problemas. Pero, por dentro, sentía que estaba muriendo. Nadie lo notaba: ¿quién iba a pensar que la estudiante aplicada, con 100 en casi todas las materias, y la hija que nunca daba problemas estaba a punto de acabar con su vida?
Soy Yucsiany Salazar, periodista de salud y bienestar, y fiel creyente de la necesidad de promover la salud mental. Pero hoy, en este momento, solo soy una de las tantas personas que comprenden de primera mano la importancia de Setiembre Amarillo, el mes de la prevención del suicidio.
La segunda vez tenía entre 22 y 23 años. Estaba en uno de mis peores momentos a nivel emocional por distintas razones, pero, de nuevo, esa fue solo la gota que colmó el vaso. Detrás seguía pesando lo que había vivido y no había sanado.
En medio de una discusión con alguna “amistad”, lo intenté. Aquella frase, “tírese”, todavía resuena en mi cabeza porque representa lo contrario de lo que una persona necesita durante una crisis: apoyo, escucha y empatía.
Entonces pude ir por primera vez a terapia.
La tercera vez no fue un intento, sino un grito de auxilio. Tenía 24 años, había dejado la terapia y los medicamentos por razones económicas y sabía que, si no hablaba, lo peor estaba por suceder.
Sin embargo, sentí miedo porque había aprendido que quien hablaba de depresión y otros problemas de salud mental estaba “exagerando”, “era loco” o “solo quería llamar la atención”.
Hasta que todo me sobrepasó y le escribí a uno de mis hermanos: “Necesito ayuda. Si no hablamos, no sé qué va a pasar”. Al día siguiente estaba en su casa y él, con solo escucharme y aconsejarme, salvó mi vida.
Hoy escribo sobre tres intentos, pero entre ellos hubo muchos pensamientos suicidas, ataques de pánico e incluso peticiones a Dios para que me quitara la vida y me dejara “descansar en paz”. Agradezco que no me haya contestado aquellas plegarias.
¿Por qué les conté esta parte de mi historia? Porque la primera vez que fui a terapia, la psicóloga y la psiquiatra me hicieron la misma pregunta: ¿cómo sobrevivió todo este tiempo a todo lo que le pasó?
La respuesta fue la misma para ambas: me informaba. Buscaba técnicas para sobrellevar la ansiedad (me volví experta en la regla 5-4-3-2-1), aprendía sobre salud mental y sus señales de alerta, seguía perfiles de motivación y veía prédicas en YouTube sobre cómo sanar.
A los 12 años, intenté crear un perfil en Facebook para subir frases motivacionales y hacer sentir mejor a otros. No lo logré, pero desde entonces soñaba con crear contenido que ayudara a las personas.
¿A qué voy con todo esto? Al título de este artículo: hablar sobre suicidios desde la prevención no los provoca; no hablarlo, sí.
Mientras la sociedad imponga estigmas sobre la salud mental, habrá personas luchando en silencio. Necesitan herramientas, saber que su vida vale mucho y sentir que pueden hablar sin ser juzgadas. Muchas no lo hacen porque les han hecho creer que mencionar la palabra “suicidio” incita a otros a hacerlo. Si a usted le han dicho esto, quiero que sepa que no es así y, por favor, hable con alguien.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), por cada muerte por suicidio ocurren alrededor de ocho intentos. ¿Qué estamos haciendo para prevenirlo?
Sé que aquí hay un obstáculo: el acceso a la terapia. En mi caso, no fui por primera vez a terapia a los 24 años porque quise esperar, sino porque hasta esa edad pude hacerlo. Cuando era menor, mis papás mantenían el tabú de aquel tiempo (mami y papi: no se sientan mal; hicieron lo mejor que pudieron) y no me llevaron al psicólogo. Luego conocí el alto costo de una consulta privada.
Por razones económicas, dejé la terapia. Aun así, agradezco la vocación de mi psicóloga, quien siempre mantuvo contacto conmigo y me ayudó a calmar un ataque de pánico cuando estaba encerrada en el baño de mi trabajo y sentía que no podía respirar.
Entonces, ¿qué podemos hacer como sociedad? Como adolescente y joven cuya única oportunidad era informarse a través de distintas plataformas, les respondo: hablar de salud mental y prevención del suicidio y escuchar con empatía y sin prejuicios.
Hay dos frases que leí en el perfil de un psicólogo al que sigo desde hace años y de las que puedo dar fe:
- Quien intenta suicidarse no necesariamente quiere morir; solo quiere dejar de sentir tanto dolor.
- No podemos resolver la salud mental de otros, pero podemos apoyarlos desde la nuestra.
Hoy celebro que la salud mental sea una prioridad nacional y que, a nivel mundial, se cree conciencia sobre ella. Sin embargo, la salud pública queda debiendo en atención psicológica oportuna, mientras vivimos bajo estrés y cargamos con heridas ocultas.
Por eso, los invito a preguntarse: ¿qué pueden hacer con lo que tienen en sus manos?
Quizá no haya dinero para consultas privadas, pero sí un celular o una computadora para acceder a páginas oficiales y aprender a regular las emociones. Ese mismo celular permite que le escribamos a una persona de confianza sobre lo que estamos sintiendo o bien estar presente para nuestros allegados y gente amada.
Sé que esa no es la solución que todos merecemos. Espero que, algún día, el acceso a la atención psicológica sea igual para todos como lo es actualmente una consulta médica general, y eso que los Ebáis también tardan en tener citas disponibles. Pero, mientras tanto, es mucho mejor que sufrir solos y en silencio.
Y si usted goza de buena salud mental, apoye a sus seres queridos y preste atención a las señales de alerta. Que, cuando atraviesen un momento difícil, piensen: “¿A quién puedo escribirle sin sentir que estoy molestando?”.
Hablar sobre el tema no provoca el suicidio cuando se hace para prevenir y hacerles saber a quienes lo necesitan que no están solos y que se puede seguir viviendo. Quizá alguien solo necesita saber que, al otro lado, hay alguien dispuesto a escuchar.
Hoy tengo mi trabajo soñado, estoy en paz conmigo misma y quiero seguir viviendo, pero si empezaba este artículo contándoles eso, no habrían entendido el contexto.
Todavía me falta mucho por alcanzar según lo que la sociedad dice que debería tener a mi edad: casa propia, más estabilidad y tantas cosas más. Pero hoy tengo algo que durante mucho tiempo no estaba segura de querer: ganas de seguir aquí.
Agradezco a Dios que no haya contestado mis oraciones y que hoy pueda usar lo que dolió para concientizar y recordar algo que me habría gustado escuchar: usted no está exagerando por sentir ese dolor, y hablar puede abrir la puerta al alivio.
Por último, recuerde que puede llamar a los números gratuitos 911 o 800-2737869, del Colegio de Profesionales en Psicología, en caso de una emergencia.
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yucsiany.salazar@nacion.com
Yucsiany Salazar es periodista de salud y bienestar de ‘La Nación’.
