
Al cruzar la plaza de la Cultura, me topé con una exhibición formada por ampliaciones de fotografías y páginas de periódico de finales de los setenta y otras más recientes. Es un álbum abierto en la caldera de marzo.
Es necesario detenerse. No puede uno pasar de largo ante la imagen de un bañista echándose un clavado en una poza de agua estancada, sobre todo si esa “piscina olímpica” –como dice el pie de la foto– dominaba la excavación donde levantarían los Museos del Banco Central.
Otra imagen fuera de serie recuerda a una maqueta: al costado norte del Teatro Nacional hacen fila vagonetas que esperan su carga de tierra mientras tractores y retroexcavadoras –que parecen de juguete– ejecutan una coreografía sobre el escenario del suelo.
Buscaba detalles en las fotos y pensé de pronto en Guido Sáenz y en Piedra Azul: Atisbos en mi vida, el libro autobiográfico en el que revela cómo una visión suya le dio vuelta a la dirección del edificio que albergaría a los museos.
“Por alguna razón, y estoy seguro no sería por casualidad, pasé en automóvil (...) en camino al Ministerio (de Cultura) por la avenida central en el momento justo en que los tractores derrumbaban las últimas paredes de la botica de Mariano Jiménez (esquina noreste de la cuadra, diagonal al edificio La Llacuna)”.

La primera piedra de los futuros museos había sido colocada el 15 de setiembre de 1976. Las obras avanzaban cuando don Guido –entonces ministro de Cultura– se dirigía hacia su oficina. “Paré en seco y casi me tiré del automóvil. No lo podía creer. Por primera vez en ochenta años, los josefinos teníamos a la vista, desde la avenida Central, ‘la otra cara de la Luna’. Esto es, la fachada norte del Teatro Nacional, oculta desde los orígenes del Teatro mismo, a finales del siglo XIX”.
Sigamos con don Guido: “Yo mismo había firmado, junto a Bernal Jiménez (presidente del Banco Central), el contrato con los arquitectos Jorge Borbón, Édgar Vargas y Jorge Bertheau. Pero ahí mismo, en ese instante, me dije: ‘Imposible, no hay que construir. La edificación se puede hacer para abajo. Tres pisos bajo el nivel de la calle”.
Luego vino la tarea de convencer a Bernal Jiménez, a los arquitectos y al presidente Daniel Oduber; a todos los llevó don Guido al punto desde el cual él casi se tiró del carro para admirar el Teatro Nacional sin obstáculos, abierto a la ciudad por los cuatro lados, y les mostró la otra cara de la Luna.
Ninguno se opuso. Los que comenzaron a berrear fueron algunos periodistas convertidos en ingenieros estructurales de la noche a la mañana. Juraban que el Teatro Nacional se hundiría, que se iría al barranco. Los choteadores se daban gusto hablando de “el hueco de la cultura”.

Entre las fotos de la muestra, hay otra impresionante. Fue tomada viendo hacia el Hotel Costa Rica, que sobresale por encima de una tapia (al parecer de latas), mientras en primer plano se adivina ya la forma de pirámide invertida que caracteriza al edificio subterráneo. Es un sabrosísimo pedacito de pasado.
En aquellos años finales de los setenta, el tiempo puso en su lugar a cada cosa y a cada cabeza, y los profesionales del catastrofismo hicieron mutis cuando el Teatro Nacional salió ileso de la prueba y emergieron la plaza y los Museos, que se cuentan entre los escasos trapitos de dominguear de San José.
Es una lástima que quedara en el aire la segunda parte del proyecto: hacer que la avenida segunda se “hundiera” en la esquina este de la catedral y saliera de nuevo a la superficie donde está la Caja. La idea de don Guido era que la explanada se extendiera también por el costado sur del Teatro Nacional, que quedaría en el centro, como protagonista absoluto del corazón de la capital.
Quizás, solo quizás, en el próximo siglo nazca un ministro con la visión de aquel que siempre vio mucho más lejos que el común de los costarricenses.
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Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
