God Made Trump (Dios hizo a Trump). Con solo esas tres palabras, un anuncio publicitario bien podría considerarse una formulación de teología política. Tres palabras que parecen evocar la potencia creadora del Génesis. Pero también se percibe un halo mesiánico, cercano a la lógica de Juan 3:16: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito”.
En solo tres palabras, el gobernante se ve como alguien enviado para una hora determinada. Incluso resulta difícil no ver, llevada la retórica hasta el extremo, otra huella del evangelio de Juan: “En el principio era el Verbo”. ¿En el principio era Trump?
Como decía mi tata: y es que se junta el hambre con las ganas de comer. Una sociedad deseosa de ser salvada de sus frustraciones, sus dolores y tragedias busca desesperadamente una respuesta. Y esa respuesta para muchas personas viene de Dios. Esa necesidad de respuesta divina se encarna en la aparición de personas que logran configurarse como enviados de Dios para salvar un país, un hemisferio o el mundo entero.
God Made Trump. La frase no viene de un predicador desgalillado ni de alguna secta religiosa dirigida por algún lunático. Forma parte de una campaña publicitaria de la administración estadounidense dedicada a ensalzar al presidente.

El anuncio nos dice algo así como: “Este (y no otro) es el hombre que Dios nos dio”. Esto me recuerda a Beethoven. Aunque conviene distinguir entre la fabricación de un mesías y la de un héroe. El poder fabrica mesías y los ofrece para dominar; los seguidores, en cambio, fabrican héroes para admirar. A veces, ambas construcciones confluyen en un mismo personaje.
En la primera página de la partitura de su Tercera Sinfonía podía leerse “Bonaparte”, el apellido de un hombre al que había admirado profundamente. Beethoven veía en Napoleón algo más que a un militar victorioso. Representaba para él los ideales republicanos nacidos de la Revolución francesa, la posibilidad de una sociedad en la que el mérito estuviera por encima de los privilegios heredados. Había encontrado un héroe. De esos héroes por los que la gente discute, se enemista y rompe relaciones. Pero ese héroe decidió convertirse en emperador.
Ferdinand Ries, discípulo de Beethoven, contaría años después que fue él quien le dio la pésima noticia: Napoleón se había proclamado emperador. Beethoven reaccionó enfurecido. Napoleón, concluyó, tampoco era diferente de los demás. El músico se sintió defraudado y tal vez avergonzado. Entonces, tomó la partitura y tachó ensañadamente el nombre. Lo hizo con tal violencia que todavía hoy puede verse el daño sobre el manuscrito.
Diversos estudios han explorado nuestra propensión a crearnos ídolos, héroes, mesías. La teoría de la identidad social, por ejemplo, ha mostrado que una parte de nuestra identidad procede de los grupos a los que pertenecemos. Un líder puede fácilmente parecer que nos representa a nosotros mismos. Un ataque hacia él puede sentirse como un ataque hacia nosotros.
A esto se suma el razonamiento motivado. No examinamos con idéntica severidad la información que confirma nuestras convicciones y aquella que amenaza con destruirlas. Ante la falta del adversario, exigimos explicaciones; ante la de nuestro héroe, buscamos excusas.
Cuestionamos la fuente, reinterpretamos los hechos, recordamos los pecados del otro. No necesariamente defendemos al líder porque las evidencias lo absuelvan. A veces lo defendemos porque condenarlo significaría reconocer que nosotros también nos equivocamos.
Algo semejante ocurre con las relaciones parasociales: podemos desarrollar una sensación extraordinaria de cercanía con personas que ni siquiera saben que existimos. Escuchamos durante años al mismo pastor, seguimos diariamente al político, conocemos las entrevistas del artista. De repente nos parecen demasiado familiares, conocemos sus vidas, nos entrometemos en sus intimidades y hasta participamos emocionados de sus decisiones personales.
Todo eso, sin saber que en realidad es un personaje construido solo en nuestra cabeza. No existe. La mente trabaja muy duro para forzar coherencia entre el personaje que construimos y los hechos que tenemos delante. Hasta que ocurre algo que toca precisamente aquello por lo que habíamos decidido admirarlo.
Eso fue lo que hizo tan devastadora para Beethoven la decisión de Napoleón de convertirse en emperador. El hombre que simbolizaba para él la ruptura con los privilegios se puso una corona. Napoleón contradijo al Napoleón que Beethoven había construido.
El 2 de diciembre de 1804, Napoleón organizó su coronación como emperador en Notre-Dame de París e hizo que el papa Pío VII viajara desde Roma para participar en la ceremonia. Sin embargo, llegado el momento culminante, el Papa no lo coronó. Napoleón tomó la corona que estaba sobre el altar y se la colocó él mismo. Después tomó la corona de Josefina y la coronó personalmente.
Y cuando nos decepcionamos, caen en catarata todas aquellas discusiones que tuvimos por nuestro ídolo. Nos sobrevienen todas aquellas advertencias que decidimos ignorar hace tiempo. Nos decepcionamos del héroe, pero también de nosotros mismos.
Claro, siempre hay personas que prefieren seguir justificando lo injustificable. Resulta menos doloroso reparar una y otra vez la estatua que reconocer que nunca debimos construirla.
Esto ocurre con políticos convertidos en salvadores de la patria, con pastores transformados en ungidos intocables y con héroes nacionales a quienes necesitamos imaginar sin contradicciones.
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Jose Chacón es escritor.