
Ustedes, candidatos y candidatas, bien saben que en nuestro país ha habido gobiernos –y este no es la excepción– parecidos a las personas que caminan mirando el celular. Diversos estudios demuestran que quienes lo hacen reducen su campo visual: de los 180 grados que se alcanzan cuando la vista se mantiene al frente, se pasa a apenas unos 75 grados cuando los ojos se fijan en la pantalla. En esa postura, el ángulo de visión se acorta y solo se percibe la realidad inmediata; todo lo que queda fuera de esa parcela deja de ser observado.
La analogía con varias de nuestras administraciones públicas resulta evidente. Muchas de sus acciones se ejecutaron con la mirada puesta únicamente en lo colindante y urgente. Ni siquiera levantaron los párpados para observar el mediano plazo y, no pocas veces con peores resultados, se aplicaron a resolver asuntos que les irritaban los ojos solo porque los tenían al frente.
Esto no significa que, en lo público o en lo privado, debamos desentendernos de las espinosas coyunturas del presente. Sin embargo, una de las grandes desventuras de nuestra apacible –y muchas veces displicente– idiosincrasia ha sido la desesperante apatía con que dejamos que esos problemas trepen, como hiedras venenosas, por instituciones y escritorios, hasta alcanzar las cabezas de funcionarios que terminan estimándolos como “probables” y no como inminentes.
Esa indiferencia –o, dicho con claridad, esa falta de carácter para enfrentarlos con determinación– ha producido un efecto comparable al del leviatán bíblico. Al primer asomo de una cabeza que advertía sobre un problema –como ocurrió con el crecimiento excesivo de la deuda externa en los años 90– le siguieron muchas más, que acabaron por devorar recursos destinados a otras necesidades nacionales, como los programas sociales o la cuota que el Estado debe aportar a la Caja Costarricense de Seguro Social.
Años de irresponsable aplazamiento fueron así echando más leña a la caldera donde hoy hierven los problemas nacionales, hasta desbordar a los gobiernos.
Es en ese punto crítico –cuando se hace patente el disgusto de la población, de la opinión pública y cuando los medios de comunicación lo ponen en evidencia– que las autoridades gubernamentales suelen echar mano de un recurso muy tico y desbandado: correr en una frenética estampida de funcionarios, órdenes, memorandos y discursos insulsos para remediar, de forma parcial y temporal, el problema, con el único fin de sosegar por un tiempo el malestar ciudadano.
Si el lector observa los problemas más graves que nos agobian, no necesitará de elaborados razonamientos para advertir que son el resultado de una visión miope y de corto alcance. Son consecuencia de gobiernos que no supieron o no quisieron hacerse cargo de ellos cuando correspondía hacerlo. Una visión que solo miró un presente de 75 grados, que se les vino encima, mientras ignoraba un futuro de 180 grados que debió anticiparse y planificarse.
Así, las inhumanas listas de espera en los hospitales no se multiplicaron en un lapso de 48 horas. La colosal y monstruosa herida de calidad que supura la educación pública no se produjo de forma inesperada durante un curso lectivo aislado. El estado de las carreteras nacionales –esas superficies compuestas de pedazos de pavimento, prominencias, añadidos y remiendos, semejantes a un verdadero Frankenstein vial– no es consecuencia de una extraña lluvia de meteoritos ensañados con nuestra infraestructura.
Por último, la estrepitosa curva descendente de la telefonía móvil de Kölbi, iniciada en 2019, no se explica exclusivamente por la competencia. Responde, más bien, a una visión institucional ciega, o tan obnubilada por las viejas cataratas de un monopolio ya fenecido, que ha sido incapaz de ver con claridad las necesidades de demanda y, sobre todo, de calidad y servicio eficiente que exigen los usuarios particulares y las empresas.
Todas estas desgracias se cocieron a fuego lento durante años, mientras las soluciones gubernamentales fueron fragmentarias e incompletas.
Espero de corazón que, entre los 15 hombres y cinco mujeres candidatas a las elecciones del próximo mes, al menos un par de esos pares de ojos “presidenciables” tenga pupilas lo suficientemente agudas para enfrentar no solo los agobiantes problemas del presente, sino también la lucidez necesaria para hendir las actuales tinieblas y trazar una ruta que –contraria a la retorcida e ininteligible senda que diseñó para la educación la exministra que no olvidaremos– nos conduzca hacia el porvenir al que los costarricenses aspiramos y que, sin duda, merecemos.
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Alfredo Solano López es educador jubilado.