
Cada año, miles de estudiantes latinoamericanos cruzan la frontera hacia Estados Unidos con la promesa implícita de que el talento será recompensado, y el mérito, reconocido. Muchos no regresan. Y aunque la narrativa dominante presenta esta decisión como un triunfo individual, el balance colectivo es mucho menos optimista.
Cuando un estudiante latino decide quedarse trabajando en Estados Unidos o en otros países desarrollados, América Latina pierde algo más que un graduado: pierde capital humano formado, redes de conocimiento y potencial emprendedor.
Es una descapitalización silenciosa, sin titulares ni protestas, pero persistente. Países pobres financian –directa o indirectamente– la formación de profesionales que terminarán aportando su productividad, impuestos e innovación a economías ya consolidadas.
Pero la pérdida no es solo regional. También es personal. El desarraigo no es una abstracción romántica, es una ruptura real. Quien se queda suele abandonar idioma cotidiano, códigos culturales, vínculos familiares y una pertenencia clara. A cambio, recibe integración parcial. No es completamente de allá, pero ya tampoco es de acá. Es útil como trabajador, pero prescindible como ciudadano; valorado por su productividad, no necesariamente aceptado como igual.
Estados Unidos no tiene la culpa de atraer talento; hace lo que cualquier sistema abierto y dinámico haría. La responsabilidad recae en los países latinoamericanos que no logran crear entornos donde el conocimiento pueda convertirse en capital, empresa y prosperidad. Donde volver no sea un sacrificio económico ni una condena al estancamiento.
La tragedia es doble: sociedades que se vacían de talento y personas que viven entre dos identidades incompletas. Mientras no entendamos que retener capital humano requiere libertad económica, reglas claras y oportunidades reales –no discursos ni patriotismo retórico–, la fuga continuará. Y con ella, la lenta erosión de nuestras posibilidades de desarrollo.
Porque el verdadero costo no es que se vayan, sino que no tengan razones para volver.
Andrés I. Pozuelo Arce es empresario.