
Ya está, ya pasó. Ha salido el sol. Tras él, el cielo, de un azul ligero, y las nubes blancuzcas avanzando. Es hora de salir del refugio para poder respirar, fuera de él, libres de ese aire empobrecido.
Reconozco que hay incomodidad. Pero no es una pequeña molestia, sino una enorme. Una patada en el estómago. Porque hay pérdidas inmensas, acontecimientos que se sienten como un golpe en el pecho, que nos dejan sin aire.
En la vida de cada cual, así como en la historia de cada país, siempre habrá algo que no pudo ser, una encrucijada vital, un hecho ocurrido, una escena devastadora, un discurso escuchado, una contingencia en la que nos encontramos sin palabras.
Algunos acontecimientos pertenecen a lo traumático –porque no hay palabras para salir de esa experiencia por su elevada intensidad o porque sucede en un momento en que no contábamos con que ocurrieran– y nos enteramos del trauma por la vibración del cuerpo al estar frente a lo inabordable.
Sin embargo, el solo hecho de hablarlo y de que alguien acoja con su escucha ya da un respiro, produce un alivio y suscita una especie de disposición hacia el entusiasmo de una posible salida: aún hay algo por hacer. Se trata, todavía, de un empuje hacia un horizonte posible.
Para ello, debemos soportar la incertidumbre sin aplastar nuestras existencias y las de los otros exigiendo respuestas construidas en molde. Habrá que estar, como dice Jacques Derrida, en “guerra contra sí mismo”, y permanecer vigilantes y autocríticos frente a la tentación de abatirnos por la derrota.
Debemos volver a la calma. La iremos construyendo en los pequeños espacios que quedan cuando la vida no encaja del todo, como en esos marcos de la ventana por donde se cuela la luz y que habilitan lo nuevo como sinónimo de promesa.
Caminemos, otra vez, con los pies de la ilusión. Hay que seguir ensayando formas de decir que no al desvarío. Heroicidades cotidianas. Otra habrá de ser la lucha que ahora se inicia. Curados de rencores y represalias, debemos asegurarnos de que las brechas no se abran de nuevo en lo propio y en lo ajeno.
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Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.