Llevo varios años de trabajar en la promoción del desarrollo moral, es decir, en la capacidad de tomar decisiones con base en criterios éticos.
Donde más flaquea la gente para alcanzar un mejor desarrollo es en la habilidad de ponerse en la situación de los demás. La forma como se ha asumido la eventual llegada del covid-19 es una muestra más de ello.
La mayoría reconoce fácilmente el deber ajeno cuando está en necesidad, pero olvida la necesidad de los otros cuando se halla en posición de ventaja. Por ejemplo, un conductor se molesta porque nadie le da paso cuando tiene un ceda, pero lo niega cuando va por la vía principal; nadie desea que se le cuelen en la fila, pero aprovecha sin dudarlo cuando puede colarse.
El filósofo John Rawls planteaba que cuando una persona o grupo corría el riesgo de sufrir perjuicio, hay que partir del supuesto hipotético de que cada uno podría, eventualmente, ser esa persona. En otras palabras, las decisiones han de tomarse siempre basadas en estar dispuestos a recibir para nosotros mismos las peores consecuencias posibles que padecerían otras personas.
Por ejemplo: ¿Le negaría atención médica básica a un grupo (como los migrantes), si fuera uno de ellos? ¿Aprobaría una ley que prive de agua una zona particular si viviera en ella? ¿Estaría dispuesto a negarle algún derecho a un grupo si tuviera seguridad de que eso también implicaría que se lo quitarán a usted? En resumen, ¿le dispararía a un pie sin saber si es el suyo? Siempre es más fácil tomar decisiones que afectarán a otros y no a uno mismo.
Al considerar a los demás como iguales en dignidad y derechos, cuando deba optarse por alternativas indefectiblemente negativas se buscará la que genere menor impacto (por si acaso).
Volviendo al covid-19, quienes apedrean un bus donde viajan “posibles portadores” tacharían de inhumanos a quienes tiren piedras si ellos van en ese bus.
La gran mayoría de las personas que piden cerrar las fronteras clamarían por lo contrario si estuvieran fuera de ellas, incluso si alguna se encontrara fuera del país con síntomas de la enfermedad consideraría lógico que le permitan entrar a su propia patria para recibir la atención médica debida.
Cuando sea el vecino quien enferme y toque la puerta, posiblemente no le abrirán, pero habrá desesperación por que alguien responda a nuestro llamado cuando estemos enfermos.
El ser humano está dispuesto a los mayores sacrificios por el bien colectivo, siempre y cuando el que se sacrifique no sea él mismo o algún ser querido.
Está bien exigir los mejores controles y tomar todas las previsiones posibles, pero no se vale aplicar a otras personas medidas que no aceptaríamos para nosotros.
Es posible que se llegue a desarrollar una vacuna contra el covid-19, pero nunca la habrá contra la insensibilidad humana.
El autor es psicólogo.