Oswaldo José Gutiérrez Sotelo. 9 enero

En la sociedad patriarcal, las relaciones formales entre el hombre y la mujer comenzaban con la cortesía y la galantería del hombre, matizada o determinada por intereses inherentes a su clase social; además, era la forma de demostrar que jamás el caballero usaría la fuerza o agresión violenta contra ella, quien, a su vez, emitida su no tan libre aceptación, pasaba a desempeñar el papel de dama sumisa, necesitada de protección y manutención; dentro de las alcobas, la situación era, claro, muy distinta.

Los jóvenes incorporan ciertas manifestaciones como parte del juego que, a la larga, rememora amargamente la vieja y marchita sociedad patriarcal, pero sin tapujos.

Esa concepción de vinculación entre hombre y mujer ha cambiado en las últimas décadas, pero todavía sobrevive en formas sutiles, voluntariamente perpetuadas tanto por adolescentes como por abuelos y abuelas.

El hombre de hoy no necesita más galantería, y tanto él como ella pueden tomar la iniciativa y aproximarse a su objetivo con fines no tanto formales, sino más bien utilitarios, económicos o por placer sexual pasajero. Es posible dar más rienda suelta a los instintos y a los intereses, aunque poco importa el bienestar físico y psíquico de la otra persona.

En teoría, ya no existe más el rol de macho protector y proveedor, limitado por las convenciones sociales de caballerosidad, ni el de hembra recatada y destinada a las tareas del hogar; desafortunadamente, quienes quedaron fuera del juego fueron los hijos, cuyo aprendizaje quedó supeditado al que le proporcione un curso escolar de sexualidad, la calle o las redes sociales.

Tal como sucede en otros ámbitos, el derrumbe del andamiaje moral preexistente se ha desbordado en manifestaciones abyectas, como la violencia doméstica, el feminicidio, la violación —incluida la más cobarde, la perpetrada en grupo— , así como el libertinaje sexual, el abandono infantil, la prostitución institucionalizada en universidades, en centros laborales, en la política, entre muchas otras.

Aunque se condene públicamente la violencia contra la mujer —por ejemplo, el acoso callejero o laboral—, otras manifestaciones son aceptadas, y hasta elogiadas, como ciertas letras musicales (reggaetón), actuaciones públicas o literatura “juvenil” (incluida la pornografía y sus variantes), que degradan violenta y explícitamente a la mujer; y, paradójicamente, los jóvenes las incorporan como parte del juego que, a la larga, rememora amargamente la vieja y marchita sociedad patriarcal, pero sin tapujos.

Volver a los cánones morales previos es inconveniente e imposible, pero el vacío ético y existencial que enfrentan las nuevas generaciones, difícilmente erradicará los males que tanto deploramos.

El autor es médico.