Linda De Donder. 14 octubre

“De las niñas de 12 a 14 años que reportaron estar en unión, cerca del 89 % vivían con un hombre al menos 5 años mayor que ellas” destaca el cuaderno Relaciones Impropias: cuando la edad sí importa del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en 2017. Solo los casos de relaciones impropias denunciados y tramitados por el Ministerio Público ascendieron a 2.200 ese mismo año (La Nación, 13/5/2018).

“En unión”… vaya eufemismo para la explotación sexual de menores, tristemente a menudo alentada por la familia, para quien entregar a una hija significa un sacrificio en beneficio de una mejor situación económica. Una trabajadora social de La Cruz habla de manera más clara: “Hay señores que intercambian a la hija por un saco de frijoles” (La Nación, 13/5/2018).

El trabajo doméstico ejecutado por menores, en su mayoría niñas, es otra forma de explotación. Lavan, limpian, planchan, cocinan, cuidan hermanitos, primitos, etc., con o sin pago, antes y después de clases, o, en ocasiones, en vez de estas. El trabajo es oculto y a menudo ni se le considera como tal, sino de “ayudar en casa”.

Se trata de dos formas de explotación juvenil. Un intercambio de ventajas a corto plazo por una pesada hipoteca sobre el futuro. En ambos casos, los estudios se ven afectados o se dejan de lado.

Abuso normalizado. Aún hoy, demasiadas jóvenes ven así su juventud arrebatada, deben ser adultas antes del tiempo, asumir vidas y tareas para las cuales sus cuerpos y mentes no están listos. En difíciles circunstancias, y a menudo sin apoyo. También, a menudo luchan contra el machismo que normaliza la labor de una niña en casa, cuidando de niños y viviendo con un hombre mayor quien está “ayudándola”, en vez de dedicarse al estudio.

El matrimonio infantil no está permitido en Costa Rica; sin embargo, eso no significa mucho para las jóvenes encerradas con un hombre mayor. No se permite la labor infantil; no obstante, para las niñas que trabajan en la casa donde no se ven sus duras jornadas no significa nada.

Son las niñas invisibles de Costa Rica. No salen en las noticias, salvo cuando es tarde. No rompen récords, no se suben al podio, no hablan a las masas, no reciben aplausos. Luchan fuera de las luces, lejos de las miradas de aprobación. Se tragan las lágrimas y tratan de sobrevivir. Son las que no vemos, o no queremos ver.

Este 11 de octubre, Día Internacional de la Niña, nos invita a verlas. Realmente a verlas, ayudarlas y apoyar su lucha para un mejor futuro.

Son muchas, demasiadas, las niñas quienes desde muy jóvenes ven sus sueños esfumarse e intentan salir adelante, algunas con éxito. Pero somos muchos más los que podemos tenderles la mano para que puedan volver a soñar.

ldedonder@gmail.com

La autora es directora ejecutiva de la Fundación Tejedores de Sueños.