Verónica González Prado. 11 noviembre, 2019

¿Por qué una mujer que decide ser madre debe renunciar a ser mujer? De este cuestionamiento se desprenden las siguientes líneas que espero llegue a muchas mujeres quienes, a pesar de las dificultades que esto implica y el qué dirán, se han atrevido a ser “malas madres”.

Muchas personas crecieron en hogares tradicionales. Su madre las esperaba en casa con la ropa limpia, la comida servida y pisos y paredes impecables, mientras veían salir a su padre por las mañanas a trabajar y llevar a casa el alimento para toda la familia.

No es posible disfrutar de ser mujer y vivir una maternidad libre de prejuicios si se debe también enfrentar un mundo diseñado para los hombres.

En esos tiempos, la mayoría de las mujeres no se cuestionaban la posibilidad de trabajar fuera de casa y obtener su propio dinero porque no era un rol socialmente asignado a ellas o, como bien sabemos, su pareja se lo prohibía; además, ¿qué madre se iría a trabajar fuera y abandonaría así a sus hijos? Solo una “mala madre”; pero siempre hubo una que otra valiente por ahí.

Sentimiento de culpa. Los juicios sociales que recaen en las mujeres han sido desde siempre condenas que se convierten en pesadas culpas sobre los hombros. Hoy, el mundo está lleno de “malas madres” que, a pesar de atreverse al cambio, arrastran consigo culpas interminables por transcurrir sus días entre las necesidades personales y las responsabilidades que establece la maternidad.

El látigo del castigo social deja huella porque se mantiene el estereotipo de profundas raíces patriarcales que limitan a las mujeres a una sola versión: o se es madre abnegada, entregada por completo a los hijos, con la única aspiración a criar personas de “bien”, que pospone sus necesidades personales porque no son “tan importantes” como las de sus hijos; o se es mujer coqueta, fría, sin interés por la maternidad, egoísta por pensar primero en ella, con altas aspiraciones profesionales y laborales, que toma tiempo para sí misma y disfruta de momentos a solas.

El absurdo de las posiciones extremistas para controlar la vida y los cuerpos de las mujeres no es algo que vaya a suceder con los hombres. Ellos pueden estar situados en el medio, no necesitan elegir porque la sociedad les facilita seguir siendo hombres y padres a la vez.

Clasificadas. La etiqueta de “malas madres” es cargada por mujeres que, además de haber decidido ser madres, también salen diariamente a trabajar, estudiar, divertirse con amigos, tomar tiempo para estar a solas y para departir con sus parejas.

Decidir ser madres no debe ser la renuncia a ser mujeres, se sigue siendo importante, teniendo necesidades, aspiraciones y deseos que no tienen por qué contrastar con la maternidad.

Son “malas madres” aquellas mujeres que luchan contra el tiempo, el tránsito, el trabajo extra de la oficina y, por lo general, con las tareas del hogar que nadie ve. Aquellas que dejan a sus hijos a cargo de alguien más para salir una noche o para irse tres días de vacaciones.

Aquellas que en un brazo cargan un bebé y en la otra un libro. Son “malas madres” aquellas que duermen un poco más tarde el sábado mientras su pareja se hace cargo del desayuno de los niños.

Vida balanceada. Encontrar el equilibrio entre ambas versiones no es fácil, el cambio no es solo una decisión de las mujeres, el cambio depende de una toma de conciencia social, de una despatriarcalización de la maternidad, de una justa participación de los hombres en el ejercicio de la paternidad y de la construcción de nuevos modelos laborales y profesionales que se ajusten a las necesidades específicas de las mujeres.

No es posible disfrutar de ser mujer y vivir una maternidad libre de prejuicios si se debe también enfrentar un mundo diseñado para los hombres; las “malas madres” dejarán de serlo cuando corrijamos el modelo de mundo androcéntrico, por un mundo que apueste por alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

La autora es psicóloga.