A principios de la década pasada un grupo de jóvenes ingresó al trabajo con originales expectativas e ideas, retando a los líderes de la generación X (1965-1980) y a los baby boomers (1964-1946), y cuestionando los sistemas organizativos.
Empezaba a sentirse una gran brecha empresarial que se expandía en la medida en que la generación Y (1981-1995) incrementaba en número y evolucionaba.
Algunos visionarios entendieron que estaba dándose un giro radical en la cuarta revolución industrial. Era un movimiento mucho más profundo que el promovido por la tecnología. Se trataba de una revolución del valor de la persona.
Una década atrás diseñé, en conjunto con un equipo de psicólogas, una investigación exploratoria que pretendía el acercamiento de las nuevas generaciones con las empresas en Costa Rica.
El estudio incluyó una decena de grupos, centrados en jóvenes de colegios del segmento medio del país, con edades entre los 15 y 17 años. Neurólogos, psicólogos y profesores llevaron a cabo las entrevistas en busca de elementos con el propósito de asesorar a las empresas sobre el futuro del talento.
Pensamiento similar. Durante la investigación, nos sorprendió la gran similitud de respuestas. Cuando se les preguntó si usaban manuales para aprender a usar los videojuegos, reían y contestaban con un no.
¿Cómo aprenden a jugar?, cuestionamos. “Jugando”, respondieron. ¿Cómo aprenden los adultos? “Debemos explicarles mil veces antes de que empiecen a jugar (...) quieren comprenderlo todo en lugar de empezar a divertirse”.
También les consultamos qué les indicaría que alcanzaron el éxito profesional. “Que pueda brindar a muchas empresas mis servicios, que me busquen por ser el mejor en lo que hago”, dijeron.
Sobre el horario para trabajar, coincidieron también en que el ideal para ellos es aquel que los deje hacer cosas más que trabajar.
Esa población colegial de la década pasada anticipaba la gestión del talento, pero también trazaba una nueva forma de ver a las personas en la organización.
Ya dejó de ser una visión de “jóvenes incómodos” para convertirse en la única forma de asegurar la reconstrucción pospandémica.
Pasaron la prueba. La mañana cuando realizamos la presentación de resultados en la Costa Rica de hace diez años, en un auditorio repleto de líderes, un baby boomer experimentado expresó: “Son jóvenes sin compromiso, diez minutos antes de la hora de salida se preparan para irse y reclaman por todo”.
Pero muchos de los jóvenes Y ya están cerca de los 40, muchos otros están llegando al trabajo en conjunto con la generación Z (1996 en adelante) y muestran sus primeras “incomodidades” a las empresas.
Como lo dijo el consolidado baby boomer, los jóvenes buscan flexibilidad. Si trabajan más horas o menos es un debate no resuelto. Lo cierto es que incomodaron con teletrabajo y labores flexibles.
Decían que era posible trabajar sin llegar a la oficina o la compañía, y que la productividad no dependía del reloj. Ahora, esa incomodidad anticipada nos permite movernos en la crisis y las agendas predictivas nos brindan productividad. Hoy, necesitamos el teletrabajo.
Se incomodan cuando se les limita la tecnología, quieren tener una vida más ágil e incorporar lo digital a su día laboral, y lograr autogestión, productividad y bienestar al máximo.
Habilidades nuevas. Con mayor fuerza, la empleabilidad dependerá de la “agilidad digital”; es una de las cinco habilidades del hoy, según el Institute for the Future.
También reclaman aprender, tareas de impacto y no una labor redundante. Entendemos que misteriosamente la generación X empleada incrementa su vulnerabilidad al virus del desempleo porque no mostró esa incomodidad en el pasado y sus organizaciones no invirtieron en ella ni en sus carreras.
Sí, son incomodísimos porque no quieren quedar fuera del mercado laboral en pocos años, quieren resiliencia, otra de las cinco habilidades.
Virtuosamente, las incomodidades se transforman en las capacidades necesarias para respirar fuerte, emerger y construir el mañana en este convulso mundo.
Una nueva visión ha llegado, los perennials, se trata de que esa incomodidad no sea exclusiva de las nuevas generaciones, sino de que todos seamos incómodos, que el valor de la persona sea el centro de la dinámica.
La autora es consultora en transformación organizacional.