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Foro: Las fotografías de nuestros hijos

La imagen de los niños está protegida legalmente y es responsabilidad de los padres su prudente administración

Recuerdo un par de fotos de cuando yo era niño que detestaba y que esperaban pacientemente en el álbum familiar la llegada de alguna visita que quisiera mirarlas para su disfrute y mi vergüenza.

Afortunadamente el poder de aquellas fotos se limitaba a la sala de la casa y a la memoria de quienes las habían visto fugazmente. En mi adultez tuve la oportunidad de disponer de ellas y condenarlas al olvido. Nuestros niños, los de hoy, no tienen la misma suerte.

Mis fotos de pequeño son pocas, poquísimas, si las comparamos con la abrumadora cantidad que es posible tomar actualmente para registrar cada sonrisa, bostezo y, ¿por qué no?, torpeza. Captamos nuestra imagen y la ajena con mayor facilidad y la compartimos al instante con el mundo entero.

Si bien creemos tener consciencia sobre qué fotografías y videos es prudente compartir, también erramos por ignorancia. La imagen de los niños está protegida en el Código Civil y el de la Niñez y la Adolescencia, y es responsabilidad de los padres su prudente administración.

Información valiosa. No deberían resultarnos extrañas las recomendaciones para evitar la publicación de imágenes mediante las cuales sea fácil identificar itinerarios, gustos y costumbres, así como la vivienda o la institución educativa a la que asisten. Aunque nos parezca poco probable, facilitamos el robo de la identidad digital, imágenes para fines no deseados y hasta información para saber cómo y cuándo causarles daño.

También debemos considerar que lo que estamos compartiendo es su imagen, no la nuestra, y lo que nos parece divino a nosotros, puede no serlo para ellos cuando crezcan.

En otros países se acuñó el término sharenting, referido a la costumbre de los padres a publicar sin medida y descuidadamente contenidos sobre sus hijos, exponiéndolos a riesgos y empezando a dejar, en su nombre, una huella digital imborrable en las redes.

Los centros educativos se han convertido en nuevos actores con respecto a las fotografías y videos de los menores de edad. Con la llegada de la pandemia, varias instituciones encontraron en las redes sociales una forma de mantener su presencia, informar sobre actividades e, incluso, publicitarse.

Para hacerlo, solamente requieren el permiso de los padres, lo cual legaliza la práctica, pero no es prudente. La firma de un simple consentimiento informado aparenta autorizar a las instituciones para publicar mundialmente fotografías de sus estudiantes en cuanta actividad académica, cultural o extracurricular se les ocurra, transformando a los menores en la imagen de un producto en promoción. Y si ya es riesgoso que los padres compartan imágenes que ayuden a identificar donde estudian sus hijos, pues esto es mucho más evidente cuando es el mismo centro educativo el que lo publica.

Discriminación. La firma de este tipo de consentimientos origina una división, una nueva forma de discriminación entre los estudiantes, pues se excluye de actividades fotografiables o grabables a los estudiantes que no tienen permiso para publicar su imagen en las redes.

Dicho de otro modo, resguardar el derecho a la imagen e intimidad es la excusa para que algunos menores no puedan participar en actividades artísticas, culturales y deportivas, cuando, en realidad, tomar la foto para fines académicos o para dárselas a los mismos estudiantes o familiares no debería implicar su publicación en Internet.

No pretendo que los centros educativos eviten el uso de las redes sociales, se trata, más bien, de un ejercicio de prudencia, de valorar si con las imágenes no se compromete de alguna manera la seguridad o la dignidad, si al compartir se piensa en los niños o son medio de promoción del centro educativo u objeto de otro tipo de intereses. El permiso firmado no los salva de velar por el bien superior de los menores.

Hay que tomarse en serio el asunto, ya sean los padres o los centros educativos los que publiquen la imágenes de los niños, no es un asunto tan inocente; primero, por los riesgos que, si bien pueden ser mínimos, no deben ignorarse; segundo, porque están tratándolos instrumentalmente para promocionar uno u otro método educativo; y, tercero, porque aun cuando en el presente los menores disfruten ver su imagen publicada en todo sitio, quizá más adelante, con una mentalidad más madura, piensen diferente y, una vez publicados, ya no tendrán la posibilidad de eliminar sus fotos y videos, como sí pudimos quienes crecimos en épocas de impresos y álbumes familiares.

daxlion@gmail.com

El autor es psicólogo.