Latinoamérica no ha basado su desarrollo económico en la innovación y la tecnología, sino, principalmente, en la exportación de materias primas hacia países con mayor desarrollo y poder económico, donde, por medio de procesos innovadores, les agregan valor para comercializar productos y derivados.
Durante el siglo XVIII, tanto en Europa como en Estados Unidos, se popularizó el consumo de café y eso representó una oportunidad para Costa Rica.
Angelo Moriondo, de origen italiano, presentó en 1884 la primera máquina de café expreso. Por su invención se le otorgó una patente internacional en París, en 1885; sin embargo, solo fabricó unas pocas. Posteriormente, se descubrió que en realidad era una máquina para hacer café en grandes cantidades, pues apenas aplicaba dos bares de presión sobre el grano molido, mediante vapor, con lo cual no era suficiente para obtener el sabor conocido hoy.
La máquina, como otras, tuvo un proceso de evolución y mejora que culminó en las patentadas por Achille Gaggia, en 1938. Fueron las primeras en comercializarse de forma masiva y generaron un efecto en el consumidor. Es el mejor ejemplo para comprender la diferencia entre una simple invención y la innovación.
La paradoja. En una reunión con un grupo de profesionales, relaté mi afición al café expreso y por qué lo prefería por su sabor y la sensación al beberlo, por encima de nuestro criollo y muy popular café chorreado.
Uno de los participantes comentó su preferencia muy marcada por el café colado, al estilo costarricense, y manifestó un rechazo por esas formas “extranjeras” de preparar la bebida; y añadió que, en caso de viajar a un lugar donde solo ofrecieran expreso, mejor no lo bebía. En otras palabras, no aceptaba la innovación, al menos, en aquel momento.
Promover la innovación es complejo, lleva tiempo y abarca varias aristas. El país cambió su modelo económico y de desarrollo a partir de la constitución de la segunda república, lo cual no solo abarcó la nacionalización de muchas empresas, como la banca, sino también la fundación del ICE.
La transformación significó una variación en el modelo productivo, y el Estado y la academia desarrollaron investigación para apoyar al agro.
Lo anterior tuvo uno de sus hitos en 1974, cuando fue creado el Centro Nacional de Ciencia y Tecnología de Alimentos (CITA), una alianza de la academia, el Estado y el sector privado para investigar, dar asistencia científica, vincularse de manera directa con el agro y contribuir a la innovación comercializable en el mercado nacional.
El Estado, por tanto, tiene un papel preponderante en la promoción de la innovación porque funciona como laboratorio de pruebas de todo aquello que despierta temor o incertidumbre y le es posible ejecutarlo de forma masiva. Pero además cumple la función de liderar con el ejemplo.
La cultura de innovación es fundamental y es la razón por la cual es posible comprender el porqué una persona manifiesta rechazo o reticencia a aceptar algo nuevo, como el incorporar de buenas a primeras la práctica de “beber café expreso”.
Si no se inicia por la creación de una cultura que contribuya a aceptar la innovación, la generación de cambio en la sociedad, de bienestar social y económico, se tornará mucho más difícil, por no decir, en ciertos casos, imposible.
Crecimiento económico. De acuerdo con la revisión de políticas para la innovación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en Costa Rica, existe una brecha creciente en cuanto a adopción e incorporación de la tecnología entre empresas privadas nacionales (actualmente en desventaja) y las transnacionales. El resultado es un sector productivo nacional cada vez menos competitivo.
Para promover un cambio a fin de generar crecimiento anual de la economía mayor al promedio histórico latinoamericano, del 2 % o 3 %, el país necesita promover de nuevo un cambio en el modelo productivo, pero no solo enfocándose en crear clústeres de transnacionales en zonas francas de dispositivos biomédicos, servicios o ciberseguridad.
Si la desigualdad creciente entre estos dos grupos productivos no se frena, será prácticamente imposible mejorar el bienestar social y económico de todos, y no solo el de aquellos con la ventaja de poseer niveles educativos más altos que les facilita acceder a empleos localizados en el sector privado transnacional.
La brecha debe tratarse con una estrategia liderada por el gobierno y los empresarios a través de las cámaras —principalmente la de industrias—, apoyándose en la academia, donde debe comenzar la creación y propagación de una cultura de innovación que fortalezca el sector productivo nacional y le ayude a comprender que en vista de la ausencia de innovación no habrá crecimiento ni aumento de la competitividad ni mayor generación de empleo.
jose.rodriguez@cpic.cr
El autor es especialista en innovación tecnológica.