Yorleny León Marchena. 29 marzo

Los beneficios de la sociedad del conocimiento no llegan a todos por igual, como deja en evidencia la crisis por el coronavirus.

Mientras muchos niños y jóvenes siguen sus estudios en la comodidad del hogar, efectuando ejercicios académicos disponibles en distintas plataformas digitales, otro grupo considerable quedará rezagado por carecer de acceso a recursos tecnológicos.

La desigualdad golpea con más fuerza a las poblaciones en desventaja socioeconómica, residentes en zonas rurales y adultos mayores porque no poseen el dominio de las herramientas digitales para hacer trámites en línea, ya sean bancarios, municipales o de otra índole.

Son ciudadanos condicionados para cumplir las disposiciones del Ministerio de Salud, de mantenerse en aislamiento, por lo que se ven imposibilitados para ir a las instituciones, pues son el principal grupo de riesgo en este momento.

No estamos hablando de categorías de un compendio estadístico. Son costarricenses de carne y hueso, quienes en la actualidad ven la situación aún más “cuesta arriba” por el aislamiento social y tecnológico.

¿Alguno se ha detenido a pensar cómo encaran estas personas la crisis sin poder recibir información en tiempo real sobre la situación del país, sin acceso a fuentes confiables y sin paliar el distanciamiento social por medio de herramientas virtuales que les hagan posible ponerse en contacto con sus seres queridos?

Esta es la Costa Rica del bicentenario, encaminada a la cuarta revolución industrial con una grosera brecha digital sobre sus espaldas, que cada año se ensaña más y más con los más vulnerables.

En la era de la revolución digital, estar desconectado tiene un alto costo socioeconómico para los seres humanos. A esas personas, les estamos restando, como país, la posibilidad de obtener una educación de más calidad, nuevas oportunidades de empleo y generación de emprendimientos, que, al final, se traducen en una vida de bienestar.

Lo más indignante es que Costa Rica cuenta con los recursos económicos para cerrar la brecha, pero desde hace una década el dinero se ha mantenido ocioso, hinchando las arcas de Fonatel, lo cual parece importar muy poco a los jerarcas de turno.

¿Ni una pandemia los hará despertar y poner freno al trato desigual? ¿Seguirá el país en la misma ruta una vez terminada la emergencia nacional?

Espero que la respuesta sea un enfático ¡no!, y nos aboquemos a tomar las acciones correctivas, sin titubeos, colocando el interés público en primer lugar. El tiempo es ahora, no es dable esperar otra catástrofe para hacer lo correcto y encaminar al país hacia una ruta más justa.

La autora es diputada.