En una democracia representativa, existen dos clases de personas: el candidato y el elector. El primero emplea los medios a su alcance para mostrar su mejor imagen, presentarse como el idóneo para llevar las riendas del país y el que cuenta con el equipo de trabajo más preparado.
La herramienta más utilizada, por excelencia, es la manipulación de los sentimientos de los votantes porque a la mayoría no les interesa, o no entienden, la naturaleza técnica de los problemas que los aquejan; para ellos, lo necesario es tener acceso al bienestar económico y social. Pan y circo.
El candidato conoce muy bien las fibras más sensibles del elector y culpa a otros de los males: a los partidos políticos opositores, a las políticas “abusivas” e “impopulares” de sus predecesores, a las ideologías “neoliberales” de malvados empresarios, o a las minorías religiosas o étnicas y, en especial, a los migrantes porque la xenofobia, documentada desde tiempos bíblicos, es el reflejo del complejo de inferioridad del mediocre.
Al culpar al otro, genera el resentimiento y la revancha, capaz de movilizar grupos enormes de creyentes, incluso cuando sean evidentes sus intenciones más oscuras detrás del telón y la tramoya. Completa su tarea de distraer a su elector con asuntos que lo sacudan emocionalmente, sobre todo, los que amenazan sus tradiciones atávicas, mediante el ocultamiento de sus movimientos financieros y la realidad de los problemas nacionales.
Su objetivo es enriquecerse, legal o ilegalmente, a costa del dinero de los electores, recaudado y justificado mediante las intenciones más nobles; unos las llevan a cabo mejor que otros, pero no son pocos, en especial en los países en desarrollo, quienes se dedican solo a lo primero.
De entre los electores surgen líderes estudiantiles, sindicales, gremiales, comunitarios y predicadores, comunicadores e ideólogos que dicen representar a sus camaradas o conciudadanos; algunos aprenden rápidamente a manipular los sentimientos de sus afiliados y propalan ideas “socialistas”, igualitarias, fraternales o solidarias, pero terminan siendo candidatos al otro lado del escenario.
El tan deseado cambio nunca llega. Cuando la frustración ciudadana toca fondo, la gente se corrompe tanto o más que su candidato; con frecuencia, está dispuesta a sacrificar sus libertades, atacar a las minorías y a cometer actos ilegales de toda naturaleza a cambio de una tajada del festín, al más puro estilo de la soldadesca enrolada en los ejércitos romanos o napoleónicos ávida del botín (propiedades, dinero, mujeres, esclavos); aunque la mayoría, luego de su efímero disfrute, sucumbe.
Quien realmente debe cambiar es el elector, no el candidato, pero seguimos insistiendo en creerles, encumbrarlos e imitarlos.
El autor es médico.