Orlando Flores Monge. 16 mayo

De un tiempo para acá, decidimos privarnos de las delicias de disfrutar las cosas a como vengan en nuestras vidas. Dejamos de sentir la tristeza para dar paso a la necesidad única de sentir satisfacción en todas las cosas que hagamos. Este es un rasgo principal de los millennials (grupo demográfico en el cual me encuentro, por lo que la crítica viene de primera mano).

Si entramos en las redes sociales de cualquier persona, nos va a mostrar su mejor pose, los lugares que ha visitado, los restaurantes donde come, la ropa que viste.

La necesidad de mostrar que somos felices ante el mundo y que la vida es perfecta es fundamental en nuestros perfiles. Tal actitud, a su vez, genera que nuestros seguidores quieran imitar esa vida y desarrollen una depresión profunda si no lo logran.

Si tuviéramos esas mismas exigencias con nuestras propias responsabilidades, otra sería la realidad.

Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de 800.000 personas se suicidan cada año. Una tasa alarmante. Pero lo es más porque el rango de edad en que se produce es de los 15 a los 29 años. No pretendo encasillar todos los suicidios en una única causa, pues sería un error gravísimo, pero sí llama la atención que varios suicidios los haya impulsado circunstancias desarrolladas en las redes sociales.

El ciberacoso es tan real que incluso estrellas de Hollywood lo han experimentado. Si no, pregunten a Daisy Ridley o Kelly Marie Tran, ambas del universo Star Wars, por qué sus perfiles desaparecieron de la vista de muchos seguidores.

Juzgamos y criticamos duramente la serie porque no nos da la razón en nuestras teorías o porque no nos da lo que exigimos ver.

Exigentes. Como sociedad, estamos comenzando a solicitar que las cosas que pedimos se cumplan a nuestro antojo. Nuestras exigencias se basan meramente en la necesidad de mostrarle al mundo que también podemos tener el auto del año, o el trabajo soñado, o los amigos de sitcom que todos merecemos.

Considero oportuno señalar que Juego de tronos viene a mostrar lo que aquí sostengo. ¿Desde cuándo nos volvimos tan exigentes con una serie de televisión? Si tuviéramos esas mismas exigencias con nuestras propias responsabilidades, otra sería la realidad.

Lo más sorprendente es que señalamos de una serie como Juego de tronos lo que esa misma serie nos ha dado desde el capítulo uno: lo inesperado.

No deberíamos dejar que ese tipo de cosas nos roben el sueño y pretendan convertirse en detonantes de otras situaciones que podemos evitar.

Juzgamos y criticamos duramente la serie porque no nos da la razón en nuestras teorías o porque no nos da lo que exigimos ver. Sin embargo, la serie ha seguido su mismo rumbo: nos quita personajes queridos, nos cambia las reglas del juego, nos da los finales que no esperamos y, aun así, de un tiempo para acá ya no nos gusta.

Por ese motivo, películas como Star Wars: The Force Awakens o Avengers: Endgame han recurrido al fanservice para asegurarse ganancias multimillonarias y ahorrarse el disgusto de los seguidores. Les dan a los fans lo que quieren ver. No retan nuestra mente ni nuestro raciocinio. Se convierten en películas popcorn, que son solo para entretener.

Liberación. Debemos empezar a tener nuestro propio criterio y dejar de querer que todo sea perfecto. Comenzando por las redes sociales y terminando con las series de televisión. No deberíamos dejar que ese tipo de cosas nos roben el sueño y pretendan convertirse en detonantes de otras situaciones que podemos evitar.

Aprendamos a sacar lo bueno de los momentos malos. Al final de cuentas, somos dueños de nuestro propio destino.

El autor es mercadólogo.