Después de un par de años de no ir al centro de San José por lo sucia, maloliente y peligrosa que se ha vuelto la capital, hace algunos días acompañé a mi esposa, Ana Lorena, y a su amiga Laura a una caminata por la paz y la democracia, la cual desembocaba en la plaza de la Democracia.
Frente a mí, incrédulo, se erguía eso… ¡Sí, eso! Di una vuelta completa frotando mis ojos y rogando por que esa horrorosa imagen desapareciera de mis vista y de mi mente, pero no, desgraciadamente no fue así.
Ahí se mantenía, erguido, con cierto grado de vergüenza, y casi ofreciendo disculpas por haberse ganado, sin haber sido inaugurado, el epíteto del edificio más feo del mundo, calificado así, muy atinadamente, por Jaime Ordóñez en “Página quince” del 28 de agosto.
“La forma es el contenido, decía Aristóteles”, lo recuerda también Ordóñez. Nuestros maestros de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde orgullosamente me gradué hace 50 años y aún sigo ejerciendo, ratificaban permanentemente: “La forma del exterior debe decir al observador cuál es la actividad que se realiza en su interior”. “Eso” de Cuesta de Moras me recuerda más el Centro Correccional Metropolitano de Nueva York, situado al sur de Manhattan —residencia temporal del Chapo Guzmán— que para lo cual fue diseñado.
Aclaración necesaria. Como no estaba seguro de cuál actividad se desarrollará allí, mi esposa quiso aclarar mi aturdido semblante dándome un par de cariñosas cachetadas y diciéndome que el edificio albergaría las oficinas del Primer Poder de la República, es decir, no era una fortaleza para encerrar a nuestros más connotados criminales, como imaginé, sino un cajón donde se apretujarán a trabajar los diputados.
Estoy seguro de que el diseñador nunca ha oído hablar de Kenzo Tange, Oscar Niemeyer, Frank Lloyd Wright o Charles-Édouard Jeanneret-Gris. Este último más conocido como Le Corbusier. O de algunos contemporáneos, como Zaha Hadid, Álvaro Siza, Rafael Moneo, Norman Foster, Renzo Piano y muchos otros arquitectos que han dado, y siguen dando, brillo a nuestra profesión alrededor del mundo.
El diseñador y los diputados que aprobaron ese mamarracho posiblemente tenían como interés único condenar de por vida a los costarricenses que pasan frente a “eso” a caminar cabizbajos y avergonzados mirando hacia el norte, si bajan por la acera del parque, o con desinterés o vergüenza hacia el sur, si suben hacia La California, para no llorar de rabia.
Pobres los futuros diputados y su legión de asesores que serán obligados a no disfrutar desde sus oficinas de las más hermosas montañas que el divino Creador legó a nuestro país, calificadas así por los cientos de miles de turistas que nos visitan anualmente.
Trampa. No imagino cómo hacen los trabajadores de la construcción para efectuar su labor diaria soportando tan intenso calor en el interior. Posiblemente, un asistente los airea con un cartón para evitar la deshidratación o tendrán, como en el fútbol, cada media hora de trabajo, un minuto de hidratación.
Qué harán los futuros usuarios si se desatara un incendio y toda “esa cosa” se convierte en un inmenso tiro de chimenea. Cómo harán los bomberos para ingresar a socorrer a quienes se estén achicharrando en el interior.
Cuánto costará el mantenimiento y la operación producidos por la necesidad de instalar aire acondicionado a tantos miles y miles de metros cúbicos. De seguro dirán que es un “edificio inteligente”, que utilizará energía solar de última generación.
Ellos, a quienes les será heredado, imagino que pronto inventarán un plus económico de soporte y, además, dentro del equipo de asesores deberán incluir un psicólogo personal que les dé sana contención diaria.
Se ha perdido la más bella oportunidad de haber construido un edificio que pudo haber sido emblemático por decenas de años de lo que aún seguimos siendo los costarricenses: un país amante de la democracia, la libertad y el respeto por los derechos humanos que, en el año del bicentenario, dejara boquiabiertos a quienes nos quieren y a los que no nos quieren alrededor del mundo, pero, contrario a eso, seremos el hazmerreír, como siempre, porque al final no hicimos lo correcto. Los responsables de la decisión sufrirán el perpetuo repudio de las futuras generaciones.
El autor es arquitecto.