Juan Diego López. 15 abril

La imagen del agujero negro y las conclusiones para la astrofísica serán inimaginables. Se habla de la contrastación factual de la teoría de la relatividad y, en cadena, de los postulados de Stephen Hawking sobre su visión acerca del universo. Es un fenómeno tan fascinante y complejo que simplemente nos hace estallar el pensamiento científico-tecnológico, las posibilidades del conocimiento humano y la transformación de nuestro mundo en un escenario propio de la ciencia ficción.

Después de tanto tiempo de reinado de la física cuántica —es decir, del estudio del mundo de las partículas elementales, atómicas y subatómicas— , la tecnología vuelve a poner la física planetaria, o sea, la astrofísica, en la primera página de la ciencia de nuestro tiempo. Ahora les corresponde a las distintas disciplinas de este campo brindarnos las explicaciones más completas sobre este tema. Personalmente, me asaltan un cúmulo de inquietudes y preguntas. La prueba factual de los agujeros negros, ¿en qué condición deja las celebradas teorías de Stephen Hawking? ¿Realmente él apuntó en sentido correcto? Y aún más allá, ¿cómo se enmarca el agujero negro en la teoría de la relatividad de Einstein? ¿La complementa, la refuta o le sería indiferente?

Está claro que yo no podría, ni por asomo, intentar alguna respuesta a esas cuestiones. Lo mío es otro campo: el de la filosofía. Mi pregunta es una sola: ¿Cuál es la imagen del universo que nos presenta la evidencia del agujero negro? Antes de ayer solo contábamos con teorías y teorías de teorías. Pero ahora se puede responder que esta evidencia confirma una concepción del universo que arranca con la teoría del Big Bang.

Gran Explosión. El universo conocido nace como resultado de una extraordinaria concentración de la materia que, por las leyes elementales de la gravedad, explosiona en una exótica variedad de componentes que dan forma al universo como lo conocemos, con todos los elementos establecidos en la tabla periódica. El fenómeno entendido como el corrimiento al rojo nos muestra que los astros se alejan cada vez más desde nuestro punto de vista, lo cual comprueba que la Gran Explosión se encuentra apenas en su destello inicial. El universo conocido se encuentra en constante expansión, sin que sepamos adónde se dirige.

No obstante, en consecuencia con la tercera ley de Newton, a toda acción corresponde una reacción igual e inversamente proporcional; es decir, la Gran Explosión tendría un fin tan catastrófico como su inicio. Pero he aquí que estas sacrosantas leyes empiezan a fallar. Hawking descubrió que el fin de la Gran Explosión no consiste en su desaceleración progresiva ni en una eventual implosión violenta que redujera todo el universo conocido a su “semilla” originaria. Pues no, la cuestión no es lineal, sino que en el caos de la explosión, en algunos de sus recovecos y pliegues físicos, al mismo tiempo, se dan regiones de implosión colosales que, absorben y tragan los componentes de la explosión, incluida la luz. En otras palabras, no hay un límite último para la expansión del universo conocido, sino que su desarrollo está aderezado con millones de agujeros negros.

La imagen lineal del universo conocido se transforma y convierte en un movimiento complejo, simultáneo, errático y contradictorio. No solo es una diástole a la cual le sigue la sístole, sino que ambos eventos son alternativos, pero, a la vez, simultáneos, permanentes y continuos. El universo, pues, no solo se expande infinitamente ni se contrae sin fin. No. El universo se muestra como una constante y permanente palpitación: implosiona y explosiona, aquí y allá, en un momento y en otro.

El universo, al menos el conocido, se desarrolla como un latido constante, permanente y, quizá, eterno, entre explosión e implosión. ¿No es más rica la realidad que la fantasía?

El autor es filósofo.