Desde cualquier perspectiva que se mire, el proyecto humano está en la etapa más decadente de su historia. En la era de la revolución industrial 4.0, la realidad virtual y la velocidad 5G, que ha producido la globalización del conocimiento y la información, los contravalores dominan el escenario mundial en todos los ámbitos de la vida moderna: perversidad, autocracia, terrorismo, narcotráfico, xenofobia, discriminación genética, pederastia, migración humana sin precedentes, violencia intrafamiliar, impunidad, populismo y descomposición política, judicial y empresarial, por citar algunos.
Indudablemente, la conexión mundial, además de facilitar el comercio de bienes y servicios, el aumento de capitales, la robotización de procesos y productos y el desarrollo industrial, trae consigo una serie de filosofías, doctrinas, ideologías, dogmas, adicciones, modas y estilos de vida extremos, causando el mayor rezago moral en la historia de la humanidad.
Joseph Ratzinger, antes de ser elegido pontífice, en un categórico mensaje, reafirmó la prerrogativa que tiene este escenario en el comportamiento humano, y calificó esta tendencia global de “dictadura del relativismo”, en la cual prácticamente todo es normal, admisible, inevitable, legitimado por el relativismo moral dominante y el “libre albedrío”, con una interpretación soslayada de los derechos humanos.
Según el psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg (1927-1987), la moralidad presenta niveles progresivos de desarrollo hasta alcanzar principios éticos que tienden a ser universales.
En la etapa superior del desarrollo moral, la persona asigna valor a la libertad, la justicia, la paz, la dignidad y la igualdad entre los seres humanos. Para Kohlberg, solo el 10 % de la población mundial alcanza y actúa persistentemente en la etapa superior. Fundamentalmente, “hace lo que dice y dice lo que hace”, con lo que consigue autoridad moral.
Imposición de un modelo de conducta. En la historia de la humanidad, siempre ha existido una tendencia y una búsqueda permanente del bienestar, en lo individual y colectivo. El mismo diseño, ordenamiento y belleza del cosmos, el sistema solar y la naturaleza incitan a modelar la conducta humana. No obstante, en esta visión, diferentes grupos y líderes sedientos de poder y gloria (hasta ahora, han sido más eficaces y seductores con sus mensajes) se han alejado de este designio y han modelado su propio esquema ético en función de sus ideales y actuaciones particulares, según sus creencias presuntuosas y valores de existencia.
Los grandes problemas y desafíos que sacuden hoy a la humanidad: crisis de valores y adoctrinamiento de niños y adolescentes para la muerte (Estado Islámico), aparte del desastre ecológico planetario que hemos producido, son esencialmente asuntos de conciencia moral o conciencia del bien individual y social. Recordemos que la “ética o filosofía moral” es la disciplina que estudia al ser humano como ser moral, y se encarga de investigar y establecer las normas y códigos necesarios en toda sociedad o cultura humana para salvaguardar el orden, la seguridad social y el “bien común”.
Hoy, más que nunca, la ética y la moral, en su significación original, deben tener la preeminencia en los Estados, las culturas y las instituciones en los procesos de educación, cultura y desarrollo humano. Pero en este proceso de desarrollo moral que debemos fortalecer y redimensionar, es necesario estar al tanto de las extensiones que tiene la ética (naturalista, utilitarista, materialista, existencialista, teológica, etc.) y la plétora de pensadores con sus disímiles perspectivas morales que confunden y persuaden a muchos de nuestros acompañantes terrícolas.
De vuelta a la acepción original. Desde mi perspectiva, para lograr naturalmente el desarrollo moral de la humanidad, el problema se fundamenta en el pésimo abordaje de principios y valores por los Estados, los sistemas de educación y los mismos líderes religiosos y místicos, con un tratamiento insustancial, confuso, poco operante, magnificando y satanizando a la vez su alcance. Se ha visto siempre como un tema para ser tratado exclusivamente por especialistas, fuera del alcance de políticos, líderes sociales y culturales, comunicadores, padres de familia y sociedad en general.
Para no dejarnos persuadir y confundir por esos eruditos del “relativismo”, se debe investigar y elegir los sistemas morales que más se ajustan, en primera instancia, a los principios y valores universales del comportamiento humano y, en segundo término, a las leyes, las creencias, los ritos y las buenas costumbres de las diferentes culturas y grupos humanos, en su acepción original.
En el ámbito laboral, la experiencia nos dice que no basta con recrear normas, estatutos, reglamentos, códigos, protocolos, manuales y procedimientos de ética con un desglose global y atractivo de valores, conductas, acciones y actitudes, ni con empapelar con murales paredes en las instituciones y centros de trabajo.
Evidentemente, debe ser un esfuerzo estructural y sistémico de cada Estado, nación o grupo, esculpido con el compromiso moral y ético de todos: gobernante, legislador, juez, educador, sacerdote, pastor, empresario, profesional, funcionario, trabajador o ciudadano común.
Jacobo Rousseau hace un vehemente llamado a la humanidad para que el ser humano regrese al estado natural de bondad, fraternidad y generosidad en todos sus actos de vida y convivencia social.
En este momento de libertinaje e intolerancia en la historia humana, con tendencias por poco apocalípticas y de exterminación, hay un clamor espiritual y de supervivencia para remover naturalmente las conciencias y los corazones de los seres humanos, en pos de una vida humana plena, segura y en armonía global.
El autor es profesor universitario.