Víctor Chacón R.. 19 mayo

El próximo diciembre difícilmente queramos cantar El Año Viejo, de Tony Camargo. Será un año para el olvido.

El recuento de daños será un empobrecimiento generalizado de gobierno, empresas y familias ligadas al sector privado formal e informal. No hemos llegado a mitad de año y nos debatimos entre salud física y económica.

No hemos llegado a mitad de año y nos debatimos entre salud física y económica.

En ausencia de una vacuna, el confinamiento es la solución, pero destruye la economía familiar. Lo hemos hecho excelentemente en salud, pero a costa de un crecimiento económico en este 2020 que se calcula entre un -3,3 % y un -10 %; el desempleo pasaría del 12,4 % al 20 %, y la pobreza, del 21 % al 29 %. No son números, son personas.

Para ver cifras tan malas, tendríamos que ir a la crisis de 1981, de ingratos recuerdos para muchos.

Soltar las amarras al comercio mejoraría estos datos, pero desmejoraría los de contagio. Recordemos que el 2019 concluyó con un gobierno que salió de las brasas de un (casi) default de sus obligaciones por virtud de una dolorosa reforma tributaria, cuyo peso principal lo cargan el sector privado y el consumidor.

Aun así, cerró el 2019 con un déficit fiscal históricamente alto (7 %). Significa que el Estado no posee recursos propios para compensar por largo tiempo el deterioro de las empresas formales e informales, y a las familias ligadas laboralmente a ellas.

Pensar en más impuestos al sector productivo sería suicidamente regresivo. De momento, el incendio lo atacamos con fuego: a falta de reservas, la emergencia se atiende con más deuda, que habrá de ser pagada con más restricciones futuras.

Las estimaciones de endeudamiento del gobierno es que subirá del 50 % al 67 % del PIB al cierre del 2020.

Encrucijada. ¿Cómo salir del nudo gordiano? El mundo seguirá globalizado, y tanto la demanda interna como la externa serán fundamentales.

En esta última, los principales compradores de nuestros productos quizás sigan siendo los mismos (Estados Unidos, Holanda y Guatemala), pero elevar la facturación no dependerá de nosotros (la oferta), sino de ellos (la demanda), que también han instaurado políticas de confinamiento que han reducido su actividad comercial.

La estrategia de retorno a la normalidad en estos países tendrá un impacto en nuestra economía. Holanda y Guatemala no lo han hecho mal en el manejo de la pandemia, de manera que el regreso podría darse con claridad. Estados Unidos debe analizarse no como país, sino como 50 estados con diferencias en el contagio y la reapertura.

Nuestras exportaciones a Nueva York necesitarán más tiempo, pero poco las que van a Georgia o Colorado, por ejemplo, donde la vuelta a la normalidad ya se inició.

En cuanto a la demanda interna, lo más importante, su dinamización, será sostenible cuando se reactive el tejido empresarial formal e informal, recontratando trabajadores y restableciendo ventas y salarios, que a su vez alientan el consumo.

Pero esto conduce otra vez a la encrucijada entre sanidad y destrucción de la economía familiar.

Muerte de empresas. En este reto de malabarismo, las autoridades tienen a su favor un bono de salud, consistente en los excelentes resultados de contagio y recuperaciones.

Gozamos de un mayor margen de prueba y error en la etapa de reapertura, comparado con otros países. Podemos arriesgar más en la transición a la normalidad mientras se mantienen protocolos compensatorios.

Con base en dolorosas reducciones de gasto, arreglos de pago con deudores o dilapidando ahorros, muchas empresas formales e informales apenas se sostienen, pero conforme pasan los días, algunas pasarán a la mortalidad, cuando el acumulado de pérdidas ya no sea recuperable.

Otras empresas, simplemente, cerrarán por el enorme costo de la incertidumbre. Esta puede causar más muerte de compañías que las propias pérdidas acumuladas.

Ello implica una destrucción permanente de empleo, que llevaría al deterioro de otros desgarradores índices sociales entrado el 2021. Entonces, como en la película El curioso caso de Benjamin Button, descubriremos que el Año Nuevo nació viejo.

El autor es economista, director de la Cámara de Fondos de Inversión.