En una entrevista al sacerdote y profesor Antoni Matabosch, este resalta la noción de persona y cómo la dignidad de todo hombre y toda mujer es un bien democrático incuestionable, un bien cultural no negociable.
La reflexión cristiana llamó persona a esta dignidad. La persona es un ser único, irrepetible e intransferible. Es intimidad y apertura capaz de autoposeerse y donarse. Capaz de ser un ser solidario.
La primacía del ser sobre el tener. La persona está por encima de las cosas. Tener no nos hace más personas. Como diría otro profesor, somos lo que amamos y amamos como somos.
En cierta forma también somos lo que hacemos, pero no somos lo que tenemos. La libertad creativa del hombre. El devenir histórico está en manos de la acción humana, sea singular o colectiva.

Hay un mundo y una sociedad que va creando una cultura llevada por la mano del hombre. Gracias a la libertad avanzamos o retrocedemos. La realidad es un producto de la libertad. No es determinismo histórico.
Al concebir a todo ser humano como persona, este tiene una dignidad inviolable, lo que ha llevado a afirmar unos derechos humanos universales. La ONU los proclamó en 1948. Los derechos humanos proporcionan un fundamento sólido para instaurar y vivir en democracia, teniendo como base el Estado de derecho.
Cuando una sociedad se cierra en sí misma, se asfixia, sostiene Matabosch. La apertura da origen a grandes empresas y creaciones, afirma.
Es a la apertura a lo llamado los trascendentales: la belleza, la verdad, la bondad. Pienso que la apertura a lo trascendente nos lleva a una libre y personal apertura a la existencia de Dios.
La unidad de la familia humana y la solidaridad universal. Hombres y mujeres, iguales en dignidad, forman una sola humanidad. Están llamados a construir una civilización basada en un humanismo que se sustente en valores compartidos, el diálogo y la acogida.
Pasar de la casa común a una familia de naciones. Aprender a distinguir entre política y religión y entre Estado y religión. Si se devuelve a las raíces cristianas, los cristianos aportan la importancia básica de la separación de las religiones y el Estado, la libertad religiosa, que el Estado reconozca la positividad básica, las religiones y la necesidad de que se establezcan acuerdos o convenios a fin de asegurar la paz social.
El perdón, la acogida y la gratitud son actitudes de fondo inequívocamente cristianas y profundamente humanizadoras. El perdón lleva a la reconciliación y a una paz verdadera. La acogida a toda clase de personas pone una base estable de convivencia ciudadana. La gratitud nos lleva a guardar con cuidado lo recibido.
El comunicador Juan Pablo Cannata señala la importancia de reconstruir y comunicar un marco compartido de valores que será un puente que conecte la cultura actual con un nuevo tejido cultural compartido. Cita a Ratzinger en la Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y conducta de los católicos en la vida política, la cual ofrece un elenco amplio de valores cristianos: «La promoción de los derechos humanos, la justicia social, la dignidad de la mujer, el acceso a la educación, una economía al servicio de la persona y el bien común, y la paz, que es fruto de la justicia y la solidaridad».
Estos valores cristianos son ampliamente aceptados y deben promoverse. Son una oportunidad para reforzar un marco general y desarrollar lazos comunes.
Considero que la identidad cristiana tiene un marco positivo. Es afirmación, no negación. Volver a las raíces cristianas ayudará a redescubrir quiénes somos los cristianos, pero el único camino es la libertad.
La autora es administradora de negocios.