Ignacio Fallas Solís. 16 julio, 2020

El costarricense es empático con el extranjero según la cantidad de dinero que el segundo posea, es decir, no padece xenofobia, sino aporofobia, termino acuñado por la filósofa española Adela Cortina y aceptado en el 2017 por la Real Academia Española.

En nuestro pequeño y privilegiado país, tenemos la dicha de contar con un sistema de salud robusto y alardeamos del alto índice de alfabetismo de la población, aun así, por diversas razones, cuando llueve no todos nos mojamos, y por eso muchos amigos, vecinos y familiares salen del país en busca del “sueño americano”.

A los miles de migrantes en busca de refugio, de un nuevo comienzo o de un lugar donde superarse para hacer crecer la familia en su tierra de origen, independientemente del país de donde provengan, si no tienen dinero, a todos les ponemos la etiqueta de nicas.

La cruda realidad detrás es que con ellos no nos identificamos, los vemos como mano de obra barata, como pobrecitos, y a lo sumo nos causan lástima, cando no desprecio, y les achacamos todos los males de la sociedad. Tal actitud ha florecido de forma espeluznante en estos tiempos de pandemia.

Al fin los notamos. Si tenemos la “desgracia” de vivir cerca de una cuartería, vamos a denunciarlo a diario porque las personas hacinadas podrían estar enfermas y, por ende, corremos peligro, aunque tengamos años de vivir cerca de ese lugar y nunca nos pareció inadecuado el edificio de cuartos con el que compartimos la cuadra.

La historia cambia si en lugar de eso el vecino extranjero es adinerado, quizás un estadounidense o europeo, porque es “macho”, alto y de ojos azules.

Da igual si vive armado hasta los dientes y ninguna curiosidad causa conocer siquiera un ápice de la casa detrás de la tapia.

El comportamiento no está generalizado, pero ciertos costarricenses suelen sentir privilegio por un poco más de dinero en sus bolsillos.

No somos realmente un país de clase media marcada, sino una cantidad de asalariados, en su mayoría pobres, con acceso a crédito.

Existe una disparidad de clases excesiva, con un coeficiente de Gini muy por encima del promedio mundial hasta en 10 puntos porcentuales, donde existe una diferencia hasta de 10 salarios entre la mano de obra no calificada y un empleado público.

Seres humanos. El punto es que no importa un salario mensual y un aguinaldo asegurado, tampoco la actividad productiva a la cual se pertenezca, nadie debe menospreciar la vida de los demás y menos llegar al extremo de atentar contra la vida de indígenas que esperaban el resultado de la prueba para determinar si estaban infectados de covid-19 o amenazar con incendiar albergues o impedir el ingreso de extranjeros a determinadas regiones.

En este momento, las realidades de los diferentes grupos son tan diversas como culturas hay en nuestro pequeño país. Las opciones de quedarse en casa no son las mismas para todos y los recursos no ingresan de forma continua.

La situación incrementa el trabajo informal, el desempleo y los emprendimientos, pero eso solo ensancha la brecha entre ricos y pobres en un país donde quien más tiene seguirá creciendo y el que menos puede seguirá siendo oprimido.

El autor es administrador de negocios.