Edmundo Jarquín Calderón. 28 junio

La historia de Nicaragua ha sido la lucha del poder a través de la guerra. Así lo señaló el expresidente Enrique Bolaños, quien identifica 111 cambios de gobierno en Nicaragua desde la separación de la Federación Centroamericana en 1838 hasta el 2017, cuando publicó su libro.

Es casualidad que hayan sido jóvenes quienes detonaron la crisis, a la que se sumaron una heterogeneidad de clases sociales que resentían agravios por la “privatización” caudillesca y familiar de todos esos avances institucionales.

Un cambio de gobierno en menos de dos años, y casi siempre por rebeliones y guerras civiles, o intervenciones militares extranjeras.

Por primera vez en esa convulsiva historia, a partir del 2018, los nicaragüenses estamos tratando de remover una dictadura, la de Ortega, por medios pacíficos.

El historiador costarricense Víctor Acuña lo resume en una expresión formidable, en un libro recientemente publicado sobre la crisis que estalló hace dos años: “Si en el presente Nicaragua ha transitado del futuro al pasado, también es posible que próximamente se encamine del pasado al futuro”. Esa es la promesa de la rebelión cívica de abril del 2018.

Al finalizar hace cuatro décadas la dictadura de la dinastía Somoza, el ingreso por habitante de Nicaragua era aproximadamente dos terceras partes del de Costa Rica. Hoy no llega a la quinta parte.

Esas reiteradas causas políticas de nuestro frustrado desarrollo económico, por incapacidad histórica de asentar un Estado democrático republicano, se ha traducido en semejante desequilibrio económico que es, a la vez, complementario entre las economías de ambos países.

Los opositores al gobierno de Daniel Ortega participaron el domingo 2 de setiembre del 2018 en la
Los opositores al gobierno de Daniel Ortega participaron el domingo 2 de setiembre del 2018 en la "marcha de las banderas", en Managua.(Foto INTI OCON / AFP)

Distinto nivel de desarrollo. Los países de la región conocimos, con disimulada envidia, el reciente ingreso de Costa Rica a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), como expresión de progreso económico y de solidez institucional democrática, de la cual, hasta ahora, hemos carecido los nicaragüenses.

La OCDE señala esa complementariedad, ya que aproximadamente el 10 % del producto interno bruto (PIB) de Costa Rica es resultado de los migrantes, entre ellos nicaragüenses que representan su gran parte, sin que por eso afecten negativamente el salario de los trabajadores autóctonos.

Curioso y paradójico, pero así son las cifras, ese porcentaje del PIB costarricense representa casi la mitad del de Nicaragua.

La migración de antes era por razones políticas, y, en la medida que Costa Rica prosperaba y Nicaragua se frustraba en su desarrollo, por razones socioeconómicas, hasta la reciente oleada política que huye de la represión de Daniel Ortega.

La rebelión cívica que se inició hace dos años pretende recuperar la incipiente construcción de un Estado democrático, que Ortega interrumpió y revirtió, y lograr asentar un crecimiento económico con equidad y respeto por el medioambiente para que sea sostenible.

Nos trasladaríamos, así, de la complementariedad referida, a una integración por las múltiples cadenas de valor entre los dos países.

Del pasado al futuro. De la guerra civil en los años ochenta, habíamos iniciado en Nicaragua el triple proceso de constituir un Estado democrático: por primera vez, monopolio legal de la fuerza coercitiva, que antes había pertenecido a un partido político o caudillo; también, por primera vez, construcción de un Estado de derecho, con instituciones de relativa autonomía en conexión con intereses privados; y, finalmente, un sistema electoral confiable, porque las únicas elecciones no protestadas en cuanto al cómputo de votos eran administradas por la marinería estadounidense hace casi un siglo.

En una estructura demográfica joven, gran parte de la población vivió bajo ese triple proceso y en un ambiente de libertad.

No es casualidad que hayan sido jóvenes quienes detonaron la crisis, a la que se sumaron una heterogeneidad de clases sociales que resentían agravios por la “privatización” caudillesca y familiar de todos esos avances institucionales.

Los costarricenses habrán notado que en las noticias sobre la rebelión cívica no hay banderas de partidos políticos, sino únicamente la bandera nacional, azul y blanco.

Fue algo espontáneo, quizá instintivo, para acentuar la pluralidad social y política de la rebelión contra el régimen, pero en todo caso los colores azul y blanco pasaron a simbolizar la protesta y el rechazo al régimen.

Con el auspicio de una fundación de Costa Rica, diversos autores, reflejando la pluralidad política y temática de la rebelión cívica, publicaremos un libro sobre la naturaleza de la crisis política en Nicaragua y las opciones de solución por medios pacíficos.

El título lo tomamos de las calles de esa rebelión, Nicaragua, el cambio azul y blanco, y de subtítulo la mudanza histórica ofrecida, “Dejando atrás el régimen de Ortega”, porque volveremos realidad el tránsito de nuestro trágico pasado al futuro.

El autor es abogado y economista nicaragüense.