
La curva de distribución de valores normales, o curva de Gauss, es conocida como “la campana”. Con este título, se publicó un libro escrito por profesores de Harvard sobre la inteligencia y la estructura de clases sociales en Estados Unidos.
Después de efectuar un análisis detallado sobre la inteligencia y las formas de medirla, los autores concluyen que existe una tendencia, especialmente en las sociedades tecnológicas, hacia una concentración de personas con mayores capacidades intelectuales en las clases sociales más altas.
Lo anterior se explica porque, en el pasado, las personas inteligentes estaban dispersas entre una gran variedad de actividades y clases sociales, debido a que existían pocos trabajos de alta complejidad. Para las mujeres, la situación fue aún más limitada, pues estuvieron dedicadas casi exclusivamente a labores domésticas.
En consecuencia, durante muchos años, una parte importante del potencial intelectual de hombres y mujeres se desperdició porque el nivel de desarrollo de la sociedad no ofrecía suficientes oportunidades para su expresión. Sin embargo, con el crecimiento de ocupaciones cada vez más sofisticadas, surgieron nuevos espacios que atrajeron a las personas con mayores capacidades intelectuales.
Si bien la discusión sobre la medición de la inteligencia, las diferencias entre individuos y su relación con la demografía resulta sumamente interesante, también lo es la relación entre inteligencia y clases sociales en una sociedad democrática y con oportunidades para todos.
Independientemente del método utilizado para medirla y de sus posibles limitaciones, la inteligencia presenta una distribución variable dentro de cualquier grupo humano. Como ocurre con cualquier curva de distribución, una parte del grupo tendrá mayores capacidades que otra, y esa ventaja puede traducirse en un mejor desempeño académico y laboral, mayores ingresos y un ascenso en la escala social.
Además, estas personas suelen formar familias con individuos de características similares, y sus hijos pueden nacer con ventajas biológicas, económicas, sociales y culturales que favorezcan su desarrollo. Como consecuencia, es probable que también ocupen posiciones elevadas dentro de la sociedad, lo cual establece gradualmente una diferenciación social en la que el factor principal ya no es la fortuna o el apellido, sino la inteligencia.
Por otro lado, existe gran cantidad de información que sugiere que varios de los problemas sociales que más preocupan a los gobiernos están relacionados con bajos niveles de capacidad intelectual.
Quizá por ello, a pesar de las enormes inversiones realizadas para resolver estos problemas, los resultados no siempre han sido satisfactorios. Entre ellos se encuentran los embarazos no deseados, el bajo rendimiento escolar, el desempleo prolongado, la criminalidad y los accidentes laborales.
Hace varios años, después de controlar las infecciones comunes y la falta de alimento en numerosas poblaciones pediátricas, se observó que los pocos casos persistentes de desnutrición severa y deficiencia de hierro se asociaban, en un porcentaje significativo de casos, con retraso mental. Observaciones similares han sido reportadas por otros autores en situaciones como el embarazo en adolescentes, el bajo rendimiento escolar o la criminalidad.
Es decir, aun después de mejorar factores básicos como la educación, la vivienda y la alimentación, la persistencia de ciertas conductas inadecuadas podría estar relacionada con un bajo coeficiente intelectual. Estos casos también tienden a agruparse y a permanecer en los estratos sociales más bajos, lo que contribuye a una mayor polarización social.
La discusión ya no debería centrarse en si la inteligencia se hereda o se adquiere. Sabemos que es parcialmente hereditaria y que también se desarrolla cuando la persona crece en un entorno adecuado. La cuestión actual debe ser cómo lograr que cada individuo desarrolle al máximo su potencial intelectual sin perjudicar a otros, especialmente mediante una adecuada orientación de los sistemas educativos.
Tanto los sistemas de estudio como los laborales deben contener elementos que estimulen a todos y permitan que cada persona perciba que puede alcanzar el éxito. Hasta ahora, con frecuencia, los esfuerzos se han concentrado en quienes presentan mayores rezagos y, al mismo tiempo, se ha intentado limitar a los más sobresalientes para mantener un promedio general. Esta estrategia termina perjudicando a todos y no deja plenamente satisfecho a nadie.
Adriano.Arguedas@pfizer.com
Adriano Arguedas Mohs es médico pediatra infectólogo.