
Concluida la tregua navideña y conforme lo establece la ley, el mes de enero marca el reinicio formal de la campaña electoral. Se abre así un periodo decisivo para que miles de ciudadanos definan su participación política y se preparen para ejercer, el 1.º de febrero, el derecho fundamental al voto.
Ese acto, acudir a las urnas y depositar una papeleta, puede parecer simple, pero encierra un significado profundo. Forma parte de la esencia de nuestra vida republicana y determina la continuidad o la alternancia en el poder. En él se expresa, de manera directa y pacífica, la soberanía popular.
El sufragio constituye el núcleo de la democracia, la libertad de elegir y, para algunos, de ser electos. Durante estas semanas volverán las pasiones políticas, los debates y las propuestas. Escucharemos a quienes han presentado su nombre ante el electorado para asumir la conducción del país durante los próximos cuatro años. Cada ciudadano tendrá la oportunidad de valorar, comparar y decidir.
Al final del proceso, será el pueblo costarricense, en ejercicio pleno de su libertad de conciencia, quien tome la decisión. Esa es la esencia del sistema democrático.
La fortaleza de nuestro modelo electoral descansa en la imparcialidad y en la pureza del proceso, garantizadas por el trabajo responsable de miles de personas. Entre ellas destacan los delegados del Tribunal Supremo de Elecciones, cuyo voluntariado constituye un ejemplo cívico al servicio de la democracia y del interés público.
Sin embargo, en el proceso electoral los protagonistas principales somos todos los ciudadanos. Somos quienes tenemos la responsabilidad ineludible de acudir a las urnas y votar en soledad, frente a nuestra propia conciencia. Ese momento representa una de las expresiones más altas de respeto por lo que generaciones anteriores construyeron y por lo que, como sociedad, estamos llamados a preservar.
La experiencia republicana de Costa Rica, forjada durante más de siete décadas, nos ha enseñado a elegir en libertad y con confianza en las instituciones electorales. Esa confianza no es casual ni automática; es el resultado de una historia de compromiso cívico y de respeto por las reglas del juego democrático.
Votar no es un trámite administrativo. Es un acto de responsabilidad colectiva y de compromiso con el futuro. Cada voto cuenta. En él late la vida misma de nuestra democracia, entendida como la expresión más alta de la soberanía popular. Porque, en ese momento decisivo, la voz del pueblo es la voz de Dios.
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Ferdinand von Herold es abogado.