
Un sabio y un monarca. Dos figuras opuestas. Solón, poeta, reformador político, legislador y estadista, encarna el ideal de justicia y templanza. Es considerado uno de los siete sabios de Grecia. Legisló y trabajó para conseguir la paz social.
Creso, rey de Lidia, simboliza la avaricia y la desmesura. Un tirano que sometía al pago de impuestos. Hombre orgulloso e irreflexivo. El historiador Herodoto relata una entrevista entre ambos personajes durante un viaje de Solón a la ciudad de Lidia.
Creso hizo llegar a su huésped durante cuatro días tesoros para que pudiera constatar su “grandeza y prosperidad”. Se creía el hombre más dichoso del mundo. Consultó a Solón sobre quién era, a su juicio, el más afortunado y feliz entre los hombres. El sabio, en vez de alabarlo, le contestó que el hombre más feliz era Telo. Pertenecía a una ciudad famosa. Tenía hijos y nietos vivos. Disfrutó de su vida y tuvo una muerte gloriosa, pues falleció combatiendo por su patria.
Creso, creyendo que ocuparía el segundo lugar, insistió. Solón hizo mención de los argivos Cleobis y Bitón, atletas con gran fortaleza física. Dieron ejemplo de amor y respeto hacia su madre que debía ser conducida al templo de Hera. Al no llegar a tiempo los bueyes, sus hijos se colocaron el yugo y la transportaron.
Creso se enfureció al ni siquiera ser considerado. El sabio le dijo que no podía considerarse todavía feliz, pues ignoraba sí terminaría bien su vida. Cada día ocurren cosas distintas. Todo el hombre es un acontecer.
Alude a la relatividad de la riqueza material porque la fortuna es caprichosa. Además de la prosperidad económica, es importante concluir bien la existencia. Solón mencionó que se es únicamente feliz cuando se poseen los recursos económicos suficientes para vivir con decoro y gozar de buena salud. Asimismo, tener descendencia y culminar la vida con una muerte gloriosa y apacible. Mientras se vive, un hombre es “afortunado”, pero solo cuando fallece se puede llamar “feliz”, es decir, cuando culmina su vida de manera grata.
A Creso no le agradó su respuesta. Se enfureció y lo despidió. Lo consideró ignorante, pues no le interesaban los bienes actuales. Herodoto describe luego el declive de su rico imperio. Los persas se apoderaron de Sardes. Creso fue capturado y llevado al rey Ciro.
Sufrió una transformación moral a fuerza de sufrimiento. Enfrentó la muerte al ser conducido a una hoguera. En ese momento se acordó de Solón e invocó su nombre tres veces. Ciro mandó intérpretes para saber a quién se refería. Se enteró de la visita del sabio a Sardes y lo que significaba para Solón la felicidad, sobre todo para quienes se “creen felices”.
Ciro, dirigente prudente, suspendió el castigo, quería escucharlo para aprender. Se dio cuenta de que podía pasarle lo mismo. También era un ser humano. Comprendió que nada es seguro para los hombres.
El historiador Jenofonte señaló cómo el rey Creso le transmitió a Ciro el Viejo las enseñanzas de su encuentro con Solón. No cualquiera es digno de ejercer el mando. El linaje y la riqueza ocupan un lugar secundario. Lo que distingue a un buen dirigente es la conducta virtuosa. Sus buenas obras. En su escrito Ciropedia, Jenofonte nos entrega una idea básica de Solón: el exceso conduce a la soberbia y esta a la ruina.
Solón y Creso, dos sociedades y modelos culturales distintos. Una representa el esfuerzo; otra, el facilismo. Una, la humildad de la sabiduría; otra, la necedad de la arrogancia. La inscripción en la puerta del templo de Delfos “Conócete a ti mismo” es una excelente exhortación a no perder de vista nuestros límites para que la soberbia no nos engañe.
Una invitación a reflexionar sobre nuestra fragilidad. Interesante sería preguntarnos a qué llamamos éxito y a qué felicidad. Dos grandes cuestiones de la vida que requieren caminar con prudencia y solidaridad.
La autora es administradora de negocios.