
Estas elecciones se desarrollan en un clima de enorme crispación social y de polarización. La discusión pública se produce en términos excesivamente confrontativos, pues el uso de insultos y descalificaciones se ha generalizado como herramienta política.
La normalización de estas conductas y discursos en nuestra clase dirigente ha permeado en algunos sectores de la ciudadanía, que han asumido y copiado estas formas. Lo constatamos diariamente todos, por ejemplo, al leer comentarios en redes sociales o al pie de las noticias en medios de comunicación.
Las elecciones se han planteado como una lucha a muerte, entre el bien y el mal, de la que depende la supervivencia misma de nuestra democracia. Para el chavismo, nuestro sistema peligra si seguimos en manos de “los corruptos de siempre”, de los partidos tradicionales, de los ticos “con corona” y de la “prensa canalla”; mientras la oposición advierte de que el populismo, con su pretensión de “40 diputados” y estados de excepción, nos lleva por la peligrosa senda del autoritarismo y de la autocracia.
La situación es todavía más preocupante pues, por primera vez en la historia, el presidente de la República se lanzó en una campaña de ataques contra el Tribunal Supremo de Elecciones, cuestionando su independencia e imparcialidad, llegando incluso a hacer irresponsables alusiones a posibles derramamientos de sangre. No solamente sus ataques han sido infundados, sino que, además, no hay político alguno que valga una gota de sangre costarricense.
En otros países, la crispación social y las dudas arrojadas sobre el proceso electoral han generado fuertes movimientos de protesta, cuando no intentos de golpes de Estado y ataques a instituciones estatales.
Así que conviene detenernos un momento en el camino, dejar las pasiones de lado –sobre todo esos sentimientos negativos y destructivos que algunos quieren enraizar en nuestras almas– y recordar que, en una democracia, los resultados de las elecciones deben respetarse.
Este 1.° de febrero, cuando se conozca el desenlace electoral, muchas personas se sentirán defraudadas, desconsoladas, enojadas, perdidas… Escoja usted el adjetivo. Pensarán que su futuro y el del país están en grave peligro. Sin embargo, la voluntad soberana expresada en las urnas es sagrada.
Una vez terminadas las elecciones, el camino demócrata es uno solo –aceptar el resultado–, y todos debemos seguirlo, independientemente de la trinchera en la que quedemos colocados, sea gobierno u oposición. Obviamente, esto no implica renunciar a nuestros ideales, ni dejar de luchar por aquello en lo que creemos. La defensa de la democracia, según el punto de vista de cada uno, deberá continuar ejerciéndose siempre, pero respetando la democracia y dentro del marco de la Constitución.
¡Viva Costa Rica y viva su democracia!
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Rodolfo Brenes Vargas es abogado.