
Estoy casi seguro de que fue un viernes por la noche. ¿Año? Entre fines de los 50 y principios de los 60 del siglo XX.
Los viernes, después de la cena de Shabat (sábado, aunque viernes en la noche según la tradición judía), papá solía llevarnos a “dar una vuelta en carro” por alguna zona de San José. En aquella ocasión, transitábamos por el paseo Colón en dirección oeste, posiblemente para rodear La Sabana.
De pronto, un señor vestido con un elegante uniforme de “tráfico” –hoy inspector de Tránsito– le indicó a papá, con una linterna, que se estacionara un momento junto a la acera. No había problema: a eso de las ocho de la noche, casi no circulaban carros.
Con mucha cortesía y con acento extranjero, le preguntó a papá si estaba dispuesto a colaborar en una emergencia.
Por lo que recuerdo –y estoy casi seguro de que fue así–, se trataba de ayudar en el aterrizaje de un avión que había tenido que volar, o que volaría, desde Limón hasta el aeropuerto internacional de La Sabana, situado a menos de un kilómetro de donde aquel señor les indicaba a los pocos conductores que pasaban que se estacionaran a un lado de la vía.
Creo que papá le hizo algunas preguntas. Lo siguiente que recuerdo es que fuimos guiados hacia la entrada de la pista de ese aeropuerto.
Ya dentro, había otros “tráficos” acomodando los vehículos en dos filas, una frente a la otra, dejando la pista en medio y unos metros adicionales de margen para el avión que estaba por llegar.
No puedo asegurar cuál era la razón por la que un avión debía aterrizar esa noche en un aeropuerto que, hasta donde sé, no contaba con iluminación para operaciones nocturnas. Creo que se trataba de una emergencia médica, aunque no estoy seguro.
Imagino ahora que también había ambulancias y camiones de bomberos junto a la pista. Lo deduzco por simple lógica.
Estoy casi seguro de que permanecimos allí menos de una hora. Mis hermanos y yo nos mantuvimos despiertos, un poco inquietos y muy expectantes, igual que nuestros padres.
Los carros permanecían con las luces y los motores apagados, a la espera de la orden para encenderlos. Creo que algunos vehículos, distribuidos cada cierta distancia, mantenían iluminado el lugar. Probablemente eran carros oficiales.
En determinado momento, el señor del elegante uniforme dio la orden de encender motores y luces. Años después, supe que era un noruego o un danés residente en Costa Rica que servía como “tráfico voluntario”. Siempre se distinguía por su corrección, respeto y elegancia. Continuó desempeñando esa labor ad honorem durante varios años; lo recuerdo porque a veces se le veía patrullando en motocicleta. Hasta que un día desapareció y nunca más volví a verlo.
Todos permanecíamos atentos y expectantes. Pocos minutos después, comenzó a escucharse el ruido de los motores de un avión de hélice. Luego apareció, a la distancia, una pequeña luz en el cielo que fue creciendo poco a poco, al tiempo que aumentaba el ruido.
El avión finalmente aterrizó y avanzó por la pista hasta una zona más amplia, frente al edificio que hoy alberga el Museo de Arte Costarricense.
Imagino que, una vez concluida la maniobra, papá recibió la orden de retirarse. Recuerdo que los carros comenzaron a salir de La Sabana de manera ordenada y que cada quien siguió su camino. Nosotros regresamos a casa, en el barrio Don Bosco.
La aventura terminó y nunca supimos, ni nos preocupamos por averiguar, de qué se trató exactamente todo aquello.
¿Habrá algún lector que viviera lo mismo esa noche o que, por alguna razón, conozca esta historia y pueda contarnos qué motivó aquel pequeño despliegue de carros en una noche josefina y cómo terminó todo?
Saúl Weisleder W. es economista y sociólogo. Fue presidente de la Asamblea Legislativa.